sábado, 17 de marzo de 2012

La influencia deshumanizante del pensamiento moderno: Darwin, Marx, Nietzsche, y sus seguidores.


Dr. Richard Weikart
Richard Weikart es profesor de Historia en la Universidad Estatal de California, Stanislaus. Terminó su D.Phil. en historia europea moderna en la Universidad de Iowa en 1994, recibiendo el premio bienal del Foro para la Historia de las Ciencias Humanas por presentar la mejor tesis doctoral en este campo. Su tesis revisada se titula: "El darwinismo Socialista: Evolución en alemania, pensamiento socialista de Marx hasta Bernstein".


Viktor Frankl, un superviviente del Holocausto que padeció los horrores de Auschwitz, comentaba sagazmente acerca de la manera en que el moderno pensamiento europeo había ayudado a despejar el camino para las atrocidades nazis (y sus propios sufrimientos). Decía: «Si presentamos a un hombre un concepto del hombre que no es cierto, podremos llegar a corromperlo. Cuando presentamos al hombre como un autómata de reflejos, como una máquina mental, como un manojo de instintos, como un instrumento de impulsos y reacciones, como un mero producto del instinto, de la herencia y del medio, alimentamos el nihilismo al que en todo caso es propenso el hombre moderno». Frankl continuaba: «Me familiaricé con la última etapa de tal corrupción en mi segundo campo de concentración, Auschwitz. Las cámaras de gas de Auschwitz fueron la consecuencia final de la teoría de que el hombre no es nada más que producto de la herencia y del medio ambiente —o, como les gustaba decir a los nazis, de “sangre y suelo”. Estoy absolutamente convencido de que las cámaras de gas de Auschwitz, Treblinka y Maidanek fueron preparadas en último término no en este o aquel Ministerio en Berlín, sino más bien en los escritorios y en las aulas de científicos y filósofos nihilistas».[1]

Como estudiante universitario cristiano en la década de 1970, fui llevado al estudio de la historia intelectual de la Europa moderna en parte por la conciencia de que mucho del pensamiento moderno había conducido a la degradación de la humanidad, tal como sugería Frankl. Mi interés fue estimulado originalmente por la lectura de C. S. Lewis, especialmente La abolición del hombre, y por diversas obras de Francis Schaeffer, pero quedó reforzado por cursos que estudié acerca de historia del pensamiento y de historia de la filosofía. En mis estudios personales, me sentí descorazonado ante la visión de la humanidad que aparecía bosquejada en la obra de B. F. Skinner Más allá de la libertad y de la dignidad, que me parecía que llevaría a distopías, como las que aparecía en las ficciones de 1984 y de Un mundo feliz, o a la real como la descrita por Alexander Solzenitsyn en sus novelas y en Archipiélago Gulag.

Unos pocos pensadores modernos habían criticado específicamente el punto de vista «antropocéntrico» de que los humanos son especiales, hechos a imagen de Dios. En el siglo diecinueve y a principios del veinte, por ejemplo, el célebre darwinista alemán Ernst Haeckel, lanzó un ataque contra el cristianismo por proponer una visión «antropocéntrica» y dualista de la humanidad.[2] En la actualidad, el famoso bioeticista Peter Singer, junto con el biólogo darwinista ateo Richard Dawkins, argumentan que en base de una comprensión darwinista del origen del hombre, tenemos de eliminar la santidad de la vida humana, y despojarnos de cualquier concepto de que los humanos estén creados a imagen de Dios y por ello excepcionalmente valiosos.[3] Un ecólogo evolutivo de la Universidad de Texas, Eric Pianka, lucha abiertamente en contra del antropocentrismo, incluso hasta expresar el deseo de que el 90% de la población humana sea extinguida, quizá por una pandemia.[4]

Sin embargo, frecuentemente los pensadores modernos han enmascarado la influencia deshumanizadora de sus ideas designando a su filosofía como un «humanismo» de una forma o de otra, implicando que sus perspectivas enaltecen a la humanidad. Sin embargo, la mayoría de los intentos de enaltecer a la humanidad han resultado irónicamente en una disminución de la humanidad, lo que demuestra la verdad bíblica de que «el que se enaltece será humillado».

Tras el eclipse del Romanticismo en la Europa de mediados del siglo diecinueve, muchos intelectuales abrazaron la ciencia como el árbitro único del conocimiento, incluyendo el conocimiento acerca de la humanidad y de la sociedad. El célebre pero voluble pensador francés Auguste Comte consiguió muchos discípulos para su filosofía del positivismo, que rechazaba cualquier conocimiento que no se obtuviera mediante una investigación empírica, científica (excepto, naturalmente que este fundamento epistemológico mismo no es susceptible de demostración empírica, de modo que me parece que su epistemología se autocontradice). Comte esperaba iniciar el estudio científico de la sociedad, y acuñó el término «sociología» para esta empresa. Se sentía optimista en cuanto a que un estudio científico de la humanidad llevaría a los humanos a la práctica del altruismo, otro término que él acuñó. Aunque Comte consideraba incognoscible toda metafísica, incluyendo la religión, quería crear una religión de la humanidad, que situaría a los humanos en el más elevado pedestal. La mayoría de los discípulos de Comte, como John Stuart Mill, abrazaron su epistemología positivista, pero rechazaron su religión de la humanidad, especialmente en la ridícula forma en que la propuso en sus escritos posteriores (que involucraba muchas prácticas religiosas específicas, incluyendo orar a una mujer que uno admirase).

Aunque no se destacó tanto como el positivismo durante el siglo diecinueve, el materialismo también creció en influencia a mediados de dicho siglo. Aunque el positivismo rechazaba todas las posturas metafísicas, incluyendo las materialistas, compartía sin embargo muchos rasgos con el materialismo. Tanto los materialistas como los positivistas hacían un ídolo de la ciencia como el único camino al conocimiento. Pero al extender la investigación científica a la humanidad misma, hicieron suposiciones acerca de la naturaleza humana que no eran susceptibles de investigación científica. Fundamentalmente, descartaron el dualismo cuerpo-alma, con lo que redujeron a la humanidad a materia en movimiento. Además, su insistencia en que el método científico podría proporcionar conocimiento acerca de todas las características de la vida humana los llevó a abrazar el determinismo. Hacia finales del siglo diecinueve, algunos pensadores destacados estaban manifestándose en contra del reduccionismo y del determinismo, pero fue en este siglo que estos puntos de vista llegaron a ser predominantes hasta el punto que Francis Galton, primo de Charles Darwin y fundador del movimiento de la eugenesia, acuñó la frase «naturaleza frente a crianza [nature versus nurture]» para plantear el debate intelectual acerca de la humanidad. La frase de Galton sigue citándose de manera generalizada en las discusiones intelectuales acerca de la conducta humana.

Galton y muchos de sus coetáneos rechazaron el libre albedrío, afirmando con una lógica circular que la ciencia había refutado este concepto religioso supuestamente anticuado. (Se trata de un razonamiento en círculo vicioso debido a que habían definido la ciencia de modo que el libre albedrío quedase excluido, y luego pretendían que la ciencia refutaba el libre albedrío.) Su insistencia en el determinismo llevó a la marginalización de los conceptos religiosos o espirituales de la naturaleza humana. Los nuevos campos de la psicología, sociología y antropología, que sólo quedaron institucionalizados a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, abrazaron en general esta perspectiva determinista de la conducta humana.

Al rechazar el libre albedrío y abrazar el determinismo, Galton y sus contemporáneos quedaron con tres opciones principales: los humanos eran o bien resultado de su constitución biológica, o bien resultado de su entorno, o bien resultado de alguna combinación de la herencia y del ambiente. Cualquier forma de determinismo (o de sus combinaciones) reduce a los humanos a estímulos desde influencias bien internas, bien externas. Niegan la agencia humana independiente, y con ello despojan a la humanidad de cualquier responsabilidad moral.

A mediados del siglo diecinueve, el determinismo ambiental o educacional era más dominante que el determinismo biológico. El filósofo Maurice Mandelbaum argumenta que una de las ideas dominantes de la filosofía del siglo diecinueve era la «maleabilidad del hombre», es decir, la idea de que la naturaleza humana está conformada mayormente por fuerzas externas, como la cultura, la educación y la formación.[5] El padre de John Stuart Mill es un ejemplo de esta perspectiva, con su rigurosa educación de su hijo desde la más tierna edad. Mill llegó a ser la principal voz en Europa pregonando el poder de la educación y de la formación en la conformación del intelecto y de la conducta del hombre. Muchos liberales y socialistas de mediados del siglo diecinueve abrazaron esta visión del determinismo ambiental.

Karl Marx es un destacado ejemplo de un socialista comprometido con el determinismo ambiental. A su perspectiva la denominó «socialismo científico» porque creía que su análisis estaba basado en unas leyes económicas y sociales inmutables. Estaba convencido de que las instituciones sociales e incluso la naturaleza humana misma estaban conformadas por fuerzas económicas. Si cambiaban las condiciones económicas, la naturaleza humana cambiaría de manera correspondiente. Desde el punto de vista de Marx, la propiedad privada era la fuente de todos los males en la sociedad humana, especialmente la opresión de los obreros urbanos por los capitalistas burgueses. Así, la propiedad privada generaba una lucha de clases en todas las épocas. La religión, la moralidad, el derecho, las estructuras políticas, y otras instituciones y factores culturales, eran meramente instrumentos en manos de las clases pudientes para oprimir a las masas desposeídas.

El motivo primordial de Marx no era establecer la igualdad entre los hombres, aunque su filosofía socialista tendía hacia el establecimiento de una mayor igualdad. Más bien, la principal preocupación de Marx era liberar a la humanidad de la opresión y tiranía. Este es un objetivo digno de encomio, y cualquiera que haya leído El Capital de Marx o la obra de Friedrich Engels La condición de la clase obrera en 1844 debería reconocer que Marx tenía un fundamento legítimo para la queja. Muchos obreros de fábricas, por no mencionar los desempleados, vivían en una sórdida miseria. Marx criticó con fundamento los efectos deshumanizantes de la Revolución Industrial. Sin embargo, cuando examinamos las prácticas de los regímenes marxistas en el siglo veinte, observamos una opresión y una tiranía hasta unos extremos increíbles. La búsqueda en pos de la libertad dio unos resultados completamente opuestos. ¿Por qué?

Sugiero que esto se debió fundamentalmente debido a la defectuosa perspectiva de Marx acerca de la naturaleza humana. Ni Lenin ni Stalin, ni Mao ni Pol Pot, ni Castro ni ningún otro dirigente marxista han podido alterar la naturaleza humana librando a sus sociedades de la propiedad privada. Cambiar la economía no podía producir la utopía, porque la conducta humana no está determinada solamente por la economía. La filosofía marxista fracasó porque negaba a la humanidad su naturaleza espiritual, su libre albedrío y también negaba la insistencia cristiana acerca del pecado original. Alexander Solzenitsyn hizo una clara descripción del problema soviético en el intento de alterar la naturaleza humana en su novela Un día en la vida de Ivan Denisovich. En esta novela, los presos en el campo de trabajos forzados soviético, que se supone que están siendo reeducados para convertirlos en buenos ciudadanos soviéticos, siguen actuando como capitalistas en todas las maneras posibles, incluso estando encarcelados. El protagonista expresa en cierto momento que sencillamente el régimen soviético no le podía cambiar su naturaleza.

Hacia finales del siglo diecinueve, especialmente en la década de 1890, el péndulo osciló alejándose del determinismo ambiental, y el determinismo biológico aumento su influencia entre los pensadores europeos. Galton fue una figura fundamental en este cambio, con la publicación de su obra seminal Genio hereditario, en 1869. La influencia de Galton fue profunda, especialmente al convencer a su primo Charles Darwin de que la herencia era más importante que las influencias ambientales en la conformación del intelecto y de la conducta de los humanos. Muchos darwinistas hacia finales del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte llegaron a creer —como también Galton y Darwin— que muchos rasgos del carácter humano, como la lealtad, la sobriedad y la diligencia (o, en los aspectos negativos, la capacidad para el engaño y la pereza) eran rasgos biológicamente innatos, no rasgos morales maleables, como la mayoría de los europeos habían creído antes.

Darwinistas en diversos campos —especialmente en biología, medicina, psiquiatría y antropología— fueron pioneros en promover el determinismo biológico. Cesare Lombroso, el famoso psiquiatra italiano que fundó la antropología criminal, erigió su ideología sobre el darwinismo. Razonó que los criminales eran seres atávicos, un salto atrás a antecesores en el proceso evolutivo. Su mayor fama la obtuvo por promover la idea de que la criminalidad era hereditaria, no resultado de la influencia ambiental. Uno de los más destacados popularizadores del darwinismo en Alemania, el famoso materialista Ludwig Büchner, publicó en 1882 El poder de la herencia y su influencia sobre el progreso moral y mental de la humanidad. En medio de su extenso argumento en favor del determinismo biológico de los rasgos mentales y morales, Büchner expuso adónde llevaba su concepción de la humanidad. Dijo: «En el decurso [del tiempo] el individuo no es nada, la especie lo es todo, y la historia, igual que la naturaleza, marca cada uno de sus pasos hacia adelante, incluso el más nimio, con innumerables montones de cadáveres».[6]

Para la década de 1890, y especialmente a principios del siglo veinte, el movimiento de la eugenesia consiguió popularidad, especialmente en los círculos médicos, tanto en Europa como en los Estados Unidos. La eugenesia estaba impulsada en parte por temores de que las modernas instituciones habían eliminado los aspectos ventajosos de la selección natural. Los eugenistas jugaban constantemente con el espectro de humanos débiles y enfermizos preservados gracias a la medicina moderna, a la higiene y a las instituciones de caridad, mientras que los más inteligentes y supuestamente mejores entre los seres humanos estaban comenzando a restringir voluntariamente su reproducción. Esto estaba produciendo una degeneración biológica, según el parecer de muchos eugenistas. ¿Su solución? Introducir una selección artificial restringiendo la reproducción de los supuestos «inferiores» y alentando a los «superiores» a procrear. El determinismo biológico impregnaba el movimiento de la eugenesia, que presionó para que se estableciesen restricciones al matrimonio, esterilizaciones obligatorias y a veces incluso la eutanasia involuntaria para los incapacitados, porque se les consideraba como biológicamente inferiores.

Otra característica destacada del determinismo biológico de principios del siglo veinte fue su énfasis en la desigualdad racial. En Europa, las ideologías racistas proliferaron en la década de 1890 y a principios del siglo veinte, en parte bajo la influencia del darwinismo y del determinismo biológico. Muchos biólogos, antropólogos y médicos consideraban a los africanos negros o a los indios americanos como menos evolucionados que los europeos. Al ir los europeos colonizando inmensas regiones del globo, muchos científicos proclamaron que los no europeos eran culturalmente inferiores a los europeos. Además, creían que estas diferencias culturales eran manifestaciones de una inferioridad biológica.

Al reducir la humanidad a su constitución biológica, estos deterministas biológicos inspirados en Darwin contribuyeron al proceso de deshumanización. Muchos darwinistas del siglo diecinueve resaltaron las continuidades entre humanos y animales, con Charles Darwin mismo argumentando que todas las diferencias entre humanos y animales eran cuantitativas, no cualitativas. Darwin incluso emprendió explicar el origen de la moralidad como producto de procesos evolutivos completamente naturalistas. La idea de que los humanos fueron «creados a partir de animales», para usar una célebre frase de Darwin, en lugar de ser creados a la imagen de Dios, obtuvo una más amplia aceptación en el siglo diecinueve.

Así como una forma de determinismo ambiental —el marxismo— produjo unos incalculables padecimientos para millones de seres humanos, lo mismo sucedió con el determinismo biológico. El Nacional Socialismo de Adolf Hitler se basaba en una visión de determinismo biológico de la humanidad que destacaba la desigualdad racial. El nazismo respaldó la discriminación —y en último término la supresión física— contra aquellos con rasgos biológicos pretendidamente inferiores. Por otra parte, tenía la esperanza de promover el progreso evolutivo de la especie humana promoviendo niveles reproductivos más elevados de los que se consideraban como biológicamente superiores. El régimen de Hitler acabó matando alrededor de 200.000 alemanes discapacitados, 6 millones de judíos, y centenas de millares de gitanos, en su esfuerzo por mejorar la raza humana.[7]

En tanto que muchos modernos pensadores, especialmente científicos, psicólogos y científicos sociales, han abrazado una u otra forma de determinismo, muchos pensadores han seguido al filólogo y filósofo del siglo diecinueve Nietzsche en su rebelión contra el determinismo. Nietzsche intentó rescatar a la humanidad del reduccionismo científico postulando una libertad individual radical. Creía que todo conocimiento y toda verdad son creados por los humanos, no impuestos sobre nosotros por alguna realidad externa. No podemos responsabilizar al ambiente, ni a la biología ni a Dios de nuestro carácter y conducta. Nietzsche rechazó la idea de que los humanos tengan unas naturalezas o esencias fijas. Más bien, se trata de que las decisiones que tomemos individualmente conforman nuestro destino. Muchos existencialistas y pensadores postmodernos posteriores se han regocijado en la liberación ofrecida por Nietzsche frente al reduccionismo y al determinismo.

Aunque pudiera parecer que el énfasis de Nietzsche en el libre albedrío rescata a la humanidad de las degradantes filosofías del determinismo ambiental o del biológico, en realidad no hace tal cosa. Sólo eleva a una pequeña elite de la humanidad, a quien Nietzsche designó como el Superhombre, o más literalmente, el Sobrehombre. La libertad de Nietzsche era libertad sólo para estos Superhombres, los genios creativos (como él mismo) que se elevarían por encima de la masa vulgar. Nietzsche no sentía más que menosprecio por las masas, a las que consideraba como incapaces de ejercitar una verdadera libertad. Aquello que Nietzsche designó menospreciativamente como el «instinto de rebaño» de las masas sólo servía para llevarlas al sometimiento bajo el dominio del Superhombre.

Así, y a pesar de su insistencia sobre la libertad, la filosofía de Nietzsche es realmente una filosofía que se dirige a la creación de esclavos. En último término, el poder decide no sólo quien domina políticamente, sino también lo que cuenta como verdad. Nietzsche rechazó cualquier forma de verdad o moralidad fijas, socavando así el concepto mismo de humanidad y de derechos humanos. Nietzsche menospreciaba la debilidad, la compasión y el humanitarismo, prefiriendo la fuerza y el dominio prepotente. Fue especialmente vehemente en su rechazo de la ética cristiana, porque servía a los débiles y a los oprimidos. Su moralidad aristocrática buscaba justificar y beneficiar a los fuertes y prepotentes.

Durante el siglo veinte, muchos filósofos existencialistas, como Heidegger y Sartre, abrazaron los contornos generales de la filosofía de Nietzsche, negando que los humanos tengan ninguna esencia fija y resaltando un libre albedrío radical en las decisiones humanas. Pero, más adelante en el siglo veinte, muchos pensadores postmodernos, aunque fuertemente influidos por Nietzsche, han reducido el elemento de la agencia individual, todavía importante para Nietzsche. Muchos académicos literarios enfatizaban el texto escrito por encima del autor, que desaparecía de toda consideración. La intención humana devino irrelevante en la interpretación de los documentos humanos. Así, la deshumanización cayó en barrena aún más abajo, al interpretarse todos los valores humanos como construcciones sociales.

Ahora que he dado un bosquejo a grandes trazos de algunas de las influencias deshumanizadoras del pensamiento y de la cultura en la Europa moderna, quisiera sugerir por qué deberíamos considerarlo como importante. No todo determinismo ambiental lleva al marxismo, ni tampoco todo determinismo biológico lleva al Holocausto. No todo existencialismo o postmodernismo lleva tampoco a una conducta inmoral. Sin embargo, los falsos conceptos de la humanidad pueden llevar a una conducta destructiva y a políticas perjudiciales, tanto por parte de las sociedades como de los individuos. Pueden afectar y afectan a la manera en que tratamos a otros seres humanos. Los derechos humanos son un concepto sin significado en un mundo de determinismo o de constructivismo social (o individual).

La concepción subyacente acerca de la naturaleza humana en cualquier sociedad da forma a las instituciones políticas y sociales, al derecho, y a toda la cultura, y ello en aspectos de gran alcance. Lo recíproco es también cierto —los desarrollos políticos, sociales y legales en una sociedad influyen en su concepción de la naturaleza humana y de la dignidad de la vida humana. Aquellos que creen que los humanos han sido creados a imagen de Dios tendrán unos diferentes valores, ideales, prácticas e instituciones que aquellos que consideren a los humanos como meramente la suma de estímulos ambientales y biológicos, o que aquellos que crean que los humanos pueden crear cualesquiera verdades que deseen.

Notas:

[1] Viktor E. Frankl, The Doctor and the Soul: From Psychotherapy to Logotherapy (Nueva York: Vintage Books, 1986), xxvii.

[2] Ernst Haeckel, Die Welträthsel: Gemeinverständliche Studien über Monistische Philosophie (Bonn: Emil Strauss, 1903), 11.

[3] Peter Singer, Writings on an Ethical Life (Nueva York, 2000), 77-78, 220-21; Richard Dawkins, «The Word Made Flesh», The Guardian (27 de diciembre de 2001).

[4] Eric Pianka, «Biology 301M. Ecology, Evolution, and Society», en www.zo.utexas.edu/courses/bio301; accedido el 3-4-2006; «Student Evaluations [para el Dr. Pianka]—Primavera de 2004», en www.zo.utexas.edu/courses/bio357/357evaluations.html, accedido el 3-4-2006; «Excerpts from Student Evaluations [for Dr. Pianka]—Fall 2004», en www.zo.utexas.edu/courses/bio357/357evaluations.html, accedido el 3-4-2006.

[5] Maurice Mandelbaum, History, Man, and Reason: A Study in Nineteenth-Century Thought (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1971).

[6] Ludwig Büchner, Die Macht der Vererbung und ihr Einfluss auf den moralischen und geistigen Fortschritt der Menschheit (Leipzig: Ernst Günthers Verlag, 1882), 100.

[7] Véase Richard Weikart, From Darwin to Hitler: Evolutionary Ethics, Eugenics, and Racism in Germany (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2004); y mi próximo libro, Hitler’s Ethic.

Fuente:

sábado, 10 de marzo de 2012

"No creo en un Dios porque hay tanto mal y sufrimiento en el mundo."

Introducción

Revisamos, una vez más y con un análisis un tanto diferente, el popular argumento ateísta de la existencia del mal. Esta vez en manos del Dr. John Gay procedente de la prestigiosa cátedra de teología de la universidad de Oxford. 


"No creo en un Dios porque hay tanto mal y sufrimiento en el mundo." Este es un argumento que oímos frecuentemente. Se cree que la existencia del mal y del sufrimiento refuta la posibilidad de la existencia de Dios. ¿Hay una forma más sucinta de enunciar el argumento? Considere el argumento anti-teísta basado en el problema del mal reformulado:

"No debe existir un Ser perfecto porque nuestro mundo es imperfecto"

Tres Elementos Intrínsecos al Argumento

Al examinar el argumento, notamos algunas cosas que son verdaderas de la persona que lo presenta.

(1) La primera tiene algo que ver con el deseo. Es intrínseco a este argumento, para la persona que lo ofrece, el deseo de un mundo perfecto. Está [implícito] el deseo legítimo de parte del argumentador de un mundo libre de autos que explotan, de disparos a mansalva, terrorismo, plagas, injusticia, robos, hambre, racismo, defectos de nacimiento, desastres naturales y cosas parecidas.

(2) El segundo elemento intrínseco al argumento es éste: La persona que lo da puede imaginarse un mundo perfecto. Para el argumentador, hay un mundo imaginado que difiere de nuestro mundo real (el mundo "imperfecto" que genera la discusión). Este mundo imaginado es un mundo "perfecto" porque debe estar, por implicación del argumento, libre de todo lo que hace que este mundo sea imperfecto. Cualquier cantidad de mal y sufrimiento (aun una cantidad pequeña) podría ser usada para argumentar en contra de un Dios perfecto que es un Gobernante perfecto del universo.

En consecuencia, el argumentador debe tener alguna idea de cómo sería un mundo perfecto. ("La razón por la que sé que hay un mundo imperfecto es que puedo imaginarme un mundo perfecto.") Si él/ella no la tuviera, entonces no sería usado como argumento un mundo imperfecto. Es el concepto mental de un mundo perfecto (yuxtapuesto al mundo imperfecto en el cual vivimos) que alimenta este argumento. "Puedo imaginarme un mundo perfecto. Este no es un mundo perfecto. Por lo tanto, un Ser perfecto no existe. Porque si tal Ser realmente existiera, éste sería un mundo perfecto."

(3) Debemos darnos cuenta que el argumento (mencionado al principio) muestra que la persona (el argumentador) realmente desea y puede imaginarse un mundo perfecto. Eso no es todo, porque el argumento también muestra que, según el argumentador, es posible un mundo perfecto.

Si yo dijera, "Yo no creo en buenos directores porque todas las películas que veo son malas," demuestra obviamente que creo que las buenas películas son posibles. Si no creyera que las buenas películas son posibles, tendría que cambiar mi argumentación a, "No creo en buenos directores porque no son posibles las buenas películas." En relación al problema del mal, el argumento sería, entonces: "No creo en un Ser perfecto porque no es posible un mundo perfecto" - pero ése no es el argumento utilizado.

Si no fuera posible un mundo perfecto en la mente del argumentador, no sería presentado un mundo imperfecto como un argumento en contra de la existencia de Dios. El argumento gira alrededor de la existencia de nuestro mundo imperfecto, un contraste con un mundo más perfecto. Sería algo así como decir, "No creo en Dios porque no hay triángulos de cuatro lados." Si sólo fuera posible un mundo imperfecto, Dios estaría siendo hecho responsable de una imposibilidad. Se esperaría que lograra un mundo perfecto, un mundo que no sería posible. Obviamente, según la implicación del argumento, el argumentador cree que es posible un mundo perfecto.

Al examinar el argumento en contra de la existencia de Dios debido a nuestro mundo imperfecto, descubrimos tres creencias significativas para los que presentan el argumento y que son intrínsecas al argumento mismo:
  1. Un mundo perfecto es deseable.
  2. Un mundo perfecto es imaginable.
  3. Un mundo perfecto es posible.

¿La Posibilidad de un Mundo Perfecto?

Debemos ponernos a pensar. ¿De dónde provienen este deseo, esta imaginación y esta creencia en la posibilidad? Podemos entender el deseo y la imaginación de un mundo perfecto. Lo que es más difícil de entender, sin embargo, es por qué pensaríamos que es posible. Por ejemplo, podría desear volar como un pájaro. Hasta podría imaginarlo en mi mente. Pero ¿podría pensar que sería posible? No. ¿Deseable? Sí. ¿Imaginable? Sí. ¿Posible? No.

No obstante, es ahí donde nos encontramos. Sea que las personas se den cuenta o no, cualquier argumento en contra de la existencia de Dios que use a nuestro mundo imperfecto como prueba sugiere que el argumentador piensa que un mundo perfecto es posible. Dios no sería cuestionado por una imposibilidad. En efecto, los argumentadores están diciendo, volviendo atrás al ejemplo anterior, "Un buen director [Dios] no debe existir porque no hay buenas películas [vivimos en un mundo imperfecto] - y porque creo en la posibilidad de buenas películas [la posibilidad de un mundo perfecto]."

La Gran Ironía

A menudo, las personas que usan el problema del mal como argumento anti-teísta son también personas que creen que Dios es simplemente un invento de la mente humana. (Dios como invento es el punto de vista de la psicología moderna y de gran parte de la filosofía.) Pero he aquí el truco: Sea que estas personas se den cuenta o no, están argumentando que es posible un mundo perfecto (está implícito en su argumentación, como se demuestra más arriba). Si un Ser perfecto es un invento de la mente humana, entonces ¿no lo sería también un mundo perfecto? Si es así, entonces el argumento anti-teísta queda destrozado, se ha vuelto inerme, porque una premisa necesaria de la discusión - que un mundo perfecto es posible - es simplemente un invento humano.

En un mundo puramente materialista, uno donde no se necesita de un Dios, uno en que todo es causado por el azar fortuito más el tiempo, ¿por qué pensaría alguien que un mundo perfecto es posible? Y, sin embargo, eso es lo que piensa la gente. Eso es lo que piensan los ateos que usan el problema del mal como un argumento anti-teísta. Como hemos visto, el argumento gira alrededor de la posibilidad de un mundo perfecto. Sin ese posible mundo perfecto, estamos pidiéndole a Dios que sea responsable por una imposibilidad. ("No creo en Dios porque no hay triángulos de cuatro lados.")

Pero ¿acaso no es un mundo perfecto una aseveración igual de grandiosa como un Ser perfecto? Podríamos dar un paso más: ¿Acaso no es la aseveración delateo (sea que se dé cuenta o no) que un mundo perfecto es posible todavíamás escandalosa que la aseveración del teísta de que un Ser perfecto es posible? ¿Por qué, si todo es azar fortuito más tiempo, creería alguien alguna vez que los volcanes, los huracanes y los otros desastres naturales, junto con los males causados por la humanidad, habrían de cesar alguna vez, ya que el universo es simplemente caótico? No obstante, el ateo que usa el problema del mal como un argumento anti-teísta está diciendo justamente eso: Un mundo no-caótico, no-malo es posible. Y, porque ese mundo es posible, el hecho que nuestro mundo no sea así ahora es prueba de que no hay Dios. En esencia, lo que se está diciendo es lo siguiente, "Yo no creo que los buenos directores de película existan, pero creo en la existencia de buenas películas." Esperaríamos encontrar que un mundo perfecto sea parte de un paradigma teísta, pero no de un paradigma no-teísta. Y, sin embargo, para aquellos que usan el argumento anti-teísta mencionado más arriba, lo es.

¿Traerá la Evolución un Mundo Perfecto?

Alguien podría argumentar que el mundo se está convirtiendo en una "buena película" sin la necesidad de un "buen director" - que el mundo se volverá un mundo perfecto por su cuenta. Pero si uno mira las estadísticas, uno notará que nuestro mundo actual se está volviendo más caótico, no menos. No se está dirigiendo hacia la perfección, sino más bien se está alejando. El universo está en un estado de descomposición, no de auto-reparación. Y entre la humanidad hay más guerras, más hambre, más crímenes - a pesar del crecimiento del conocimiento y de la tecnología.

La naturaleza ha demostrado ser mucho más poderosa que la humanidad. Cuando ocurren los desastres naturales, nuestra tecnología no los puede impedir. Estamos teniendo más éxito en registrarlos y en predecirlos, pero no en inhibirlos. ¿Alguna vez tendremos suficiente conocimiento y tecnología como para detener un tifón? ¿Podrá la humanidad alguna vez controlar los vientos? ¿Y qué de la naturaleza humana? A pesar de la tecnología y el conocimiento crecientes, la humanidad sigue siendo tan malvada como siempre. Somos tan codiciosos y egoístas como siempre. La tecnología simplemente nos da más herramientas para serlo. No nos impide ser así. En cambio, nos da una capacidad mayor para ser destructivos.

Es una esperanza ciega creer que evolucionaremos hacia un mundo perfecto. Para lograrlo, nuestro mundo tendría que lograr un dominio total sobre los desastres naturales y una erradicación total de todos los males de la naturaleza humana. Requiere fe creer en un Ser perfecto, pero ¿no requiere la misma cantidad de fe, o más, creer en un mundo perfecto generado humanamente, o en un mundo perfecto que nace del azar fortuito más tiempo?

La humanidad parece tener más que una conciencia de Dios. También tenemos una conciencia de un mundo perfecto. El uso generalizado del argumento anti-teísta para el problema del mal lo confirma. En general, la humanidad desea, puede imaginar y cree en la posibilidad de un mundo perfecto. Si la evolución y la humanidad no pueden conducirnos a ese mundo perfecto, nos quedamos sin llegar ahí, o llegamos mediante el poder de un Ser perfecto.

Creencias del Corazón vs. Creencias de la Mente

¿Es posible que el ateísmo, el agnosticismo y aun el panteísmo no comiencen con la filosofía humana? ¿Sino más bien con la elección humana? En otras palabras, nuestras creencias acerca de Dios comienzan en nuestra voluntad, no en nuestro intelecto.

Cuando Pablo (en su carta a los Romanos) hablaba del evangelio cristiano, decía que debía ser creído en el corazón. Es interesante que omitió mencionar la mente en relación con el evangelio. En el pensamiento bíblico, el corazón es el asiento no sólo de las emociones sino de la voluntad. ¿Podría haber querido decir Pablo que creer en nuestros "corazones" es de alguna forma diferente de creer en nuestras mentes?

Es posible que todos los humanos nazcan como teístas. Llegamos al mundo creyendo naturalmente en la existencia de Dios. Para muchos, sin embargo, eso cambia cuando crecemos. ¿Por qué ese cambio?

Cuando somos niños, tenemos un sistema de creencias algo desprejuiciado. Al crecer, esas creencias cambian mediante el prejuicio. Lo que comenzó (cuando éramos jóvenes) como una creencia natural en nuestras mentes "pasa" por nuestros corazones y vuelve de nuevo a nuestras mentes. Es en nuestros corazones (el asiento de la voluntad) donde podemos escoger creer en algo o no. Aun si hemos creído en Dios en nuestras mentes y corazones cuando éramos niños, mediante nuestra propia elección podemos decidir descreer en Dios más adelante. Esta creencia de corazón entonces afecta nuestro intelecto y se vuelve una creencia intelectual. Este ciclo de descreimiento - que comienza en el corazón y que luego se dirige hacia la mente - creo que se encuentra en gran medida en relación a la existencia de Dios. Las personas escogen no creer en Dios. En otras palabras, el rechazo de Dios es inicialmente volitivo y luego se vuelve intelectual.

¿Por Qué las Personas Escogen No Creer en Dios?

Hay numerosas razones intelectuales para no creer en una versión teísta de Dios: el naturalismo, el panteísmo, el deísmo, el problema del mal y otros. Estas, diría yo, sin embargo, son razones secundarias. Debido a que nuestras creencias acerca de Dios (como adultos) comienzan en nuestros corazones y luego influyen en nuestras mentes, las razones mencionadas anteriormente para no creer son secundarias ya que vienen después de otra creencia. La creencia primera es una que nace en el corazón. Es una elección de no creer.

¿Cuál es la principal razón para esta falta de fe? Yo creo que la respuesta es la deidad humana. Queremos ser Dios/dioses. Reconocer al Dios, sin embargo, significa una usurpación de nuestra propia "deidad." Subconscientemente, lo sabemos. Subconscientemente, entendemos que una relación con el Dios verdadero resultará en sujeción, y no queremos ser súbditos, sólo queremos ser reyes. Así que, en vez de tener una relación con el verdadero Rey y convertirnos por lo tanto en súbditos, escogemos permanecer como reyes nosotros. Esta elección es, inicialmente, una traición a nuestras creencias intelectuales (comenzamos con la creencia en Dios); sin embargo, después que se ha hecho la elección de corazón, nuestras creencias intelectuales comienzan a cambiar. Asumimos nuevas creencias intelectuales para corroborar la elección de nuestros corazones de rechazar a Dios.

Aun la teología de obras (la idea de que podemos ganarnos la salvación por medio de las obras) es un intento de la deidad humana. En esencia, es aseverar que estamos al nivel de Dios. Nos merecemos el cielo porque somos lo suficientemente buenos para tenerlo. Dios no podría ni siquiera pensar en dejarnos fuera. Somos demasiado esenciales. Somos Sus pares. Somos Dios/dioses. Pertenecemos ahí. La reencarnación, también, es una forma de teología de obras. La creencia es que, dada la suficiente cantidad de vidas, lograremos con el tiempo la salvación. Con el tiempo, seremos lo suficientemente buenos como para el paraíso. Dios había dejado en claro, sin embargo, que podemos ser lo suficientemente buenos para Él sólo mediante Él (Cristo/la Cruz), no sin Él.

Paraíso, No Dios

Los seres humanos a menudo quieren un paraíso pero no a Dios. Trabajaremos por un lugar en Su cielo pero no queremos conocerlo a Él. Queremos el cielo, pero no queremos tener nada que ver con su principal Residente. ¿Por qué? Porque entonces nuestra propia "deidad" se vería usurpada. Cuando Dios dice, "Dejen de trata de ganarse el cielo y sólo acepten mi regalo de la salvación y lleguen a conocerme," nosotros contestamos (mediante una elección de nuestros corazones), "No quiero conocerte a Ti, pero sí quiero los beneficios de Tu hogar, así que voy a tratar de continuar tratando de ganarme Tu favor. De esa forma retendré mi propio carácter de rey y todavía seguiré recibiendo los placeres del paraíso." La historia de Adán y Eva lo confirma. Querían el paraíso pero no a Dios, y querían convertirse en Dios.

El problema del argumento anti-teísta del problema del mal es simplemente más de lo mismo. Aquellos que subconscientemente desean, pueden imaginarse y creen en la posibilidad de un mundo perfecto (el cielo) igual rechazarán a Aquél que lo ofrece y sin Quien no es posible. El problema del argumento anti-teísta del problema del mal muestra que una persona quiere el paraíso pero no a Dios. Y así, en un intento por "mantener el trono," las personas escogen descreer en Dios en sus corazones (la principal razón para la falta de fe) y reunir luego una munición mental para esta elección. Esta munición intelectual toma la forma de cualquier cantidad de razones (razones secundarias) para no creer en Dios (el argumento anti-teísta del problema del mal es sólo un ejemplo). Estas cortinas de humo son simplemente una justificación de una decisión previa de rechazar a Dios y, en consecuencia, "seguir siendo rey."

El Paraíso Encontrado

La ironía está en que el Dios de la Biblia ofrece compartir Su realeza con aquellos que se sujetan a Él. Al sujetarnos al Rey nos convertimos en co-gobernantes sobre el universo. Cuando lo rechazamos, sin embargo, si bien tal vez podamos seguir siendo reyes en cierto sentido, nuestro "universo" es muy pequeño.
Además, sólo aquellos que se sujetan al Rey obtienen el paraíso. Aquellos que quieren seguir siendo reyes, aunque puedan desear, imaginar y creer en la posibilidad de un mundo perfecto, no lo experimentarán. Dios ha dejado en claro (bíblicamente) que aquellos que lo rechacen no obtienen el paraíso - y no tendríamos que esperar que fuera distinto. ¿Por qué dejaría alguien que uno viva en Su hogar (para siempre) si Él supiera que uno lo odiaba secretamente? Él sabe que aunque uno pudiera pensar que quiera Su paraíso, no sería paraíso para uno. Todo en el paraíso le haría acordar de Él. Todo en el paraíso le recordaría de un Rey que está pugnando por su trono. En este caso no sería el cielo sino más bien una especie de infierno.

C. S. Lewis creía que al final sólo habría dos grupos en la humanidad: 1) aquellos que le dicen (o le hayan dicho) a Dios, "Tu voluntad sea hecha"; y 2) aquellos a quienes Dios les dice, "Tu voluntad sea hecha."
El evangelio de Cristo es la prueba decisiva de Dios para determinar en cuál bando caeremos. El mensaje de Cristo es que podemos ser reconciliados con Dios mediante Cristo, mediante su muerte sacrificial y mediante nuestra confianza en esa muerte sacrificial. El evangelio cristiano es altamente racional. Es una declaración que el Ser perfecto sólo es capaz de una relación perfecta. Logramos esa relación perfecta con Él mediante un apoderado, mediante la obra de otro (Cristo).

El problema surge, sin embargo, no por la base lógica de este mensaje de evangelio sino sobre el desenlace si uno cree en él. Los seres humanos saben implícitamente que la otra cara del perdón es la reconciliación con Dios; pero muchos de nosotros, tal vez la mayoría de nosotros, no queremos ser reconciliados con Dios. La reconciliación significa la usurpación de nuestro trono, así que ¿por qué tendríamos que estar interesados en el perdón de pecados? No queremos ser perdonados porque no queremos el resultado de ese perdón. No queremos paz con Dios principalmente porque no lo queremos a Dios. Por lo tanto, la cruz de Cristo pierde su significado. Tiene significado sólo para aquellos que ya han decidido renunciar a su propio carácter de reyes y a su "deidad," y que entonces son liberados para sujetarse ante Quien es el verdadero Dios y Rey.

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