viernes, 5 de octubre de 2012

Lewis Triumvirate (El trilema de Lewis): Jesús, ¿Lunático, Mentiroso o Dios?

C.S. Lewis
29/11/1898 - 22/11/1963
“. . . Entre los judíos de repente se presenta un hombre que dice que es Dios, que puede perdonar pecados. Dice que siempre ha existido. Que vendrá a juzgar al mundo al final de los tiempos. Entendamos esto con toda claridad. Entre los panteístas, al igual que entre los hindúes, cualquiera pude decir que es parte de Dios: no está diciendo nada raro. Pero este hombre, siendo como era: judío, no podía referirse a esa clase de Dios. En su lenguaje, Dios quiere decir un ser aparte del mundo que El hizo, un ser infinitamente diferente de cualquiera otra cosa. Y cuando se logra captar tal cosa, se verá que lo que este hombre decía era sencillamente lo más asombroso que nunca antes hubieran pronunciado labios humanos.

Una parte de esta afirmación tiende a escaparse de nuestra atención porque la hemos oído con tanta frecuencia que ya casi no le vemos importancia. Me refiero al perdón de los pecados; de cualesquiera pecados. A menos que quien esté hablando sea Dios, esta afirmación es absurda, tan desproporcionada que da risa. Podemos entender que un hombre perdone ofensas que se le hayan hecho. Me das un pisotón y te perdono; me robas el dinero y te perdono. ¿Pero qué diríamos de un hombre a quien nada de esto le haya pasado y que anuncia que perdona el que otro hombre haya sido pisoteado y haya sido robado? Fatuidad asnal es el término menos duro que usaríamos para describir su manera de proceder. Sin embargo esto fue lo que Jesús hizo. Les dijo a la gente que sus pecados eran perdonados, y nunca esperaba que se consultara a los que indudablemente habían sido perjudicados por tales pecados. Sin vacilar se comportaba como si El fuera la parte más afectada, la persona ofendida en todas las ofensas. Esto tiene sentido si El realmente era el Dios cuyas leyes son quebrantadas y cuyo amor es herido por cada pecado. En labios de cualquiera que no sea Dios estas palabras sólo podríamos considerarlas como una necedad y una fantasía sin paralelo en la historia de la humanidad.

Sin embargo (y esto es lo extraño y significativo) aun sus enemigos, cuando leen los Evangelios, por lo general no sacan la impresión de que Jesús fuera un necio y un fatuo. Mucho menos los lectores libres de prejuicios. Cristo dice que El es “manso y humilde” y nosotros le creemos, y no notamos que, si El fuera un simple hombre, la mansedumbre y la humildad son las características que menos atribuiríamos a algunos de sus dichos.

Estamos tratando aquí de evitar que alguien diga la mayor de las tonterías que a menudo se han dicho en cuanto a El: “Estoy dispuesto a aceptar a Jesús como un gran maestro de moral, pero no acepto su afirmación de que era Dios”. Esto es algo que no deberíamos decir. El hombre que sin ser más que hombre haya dicho la clase de cosas que Jesús dijo, no es un gran moralista. Bien es un lunático que está al mismo nivel del que dice que es un huevo frito o un demonio del infierno. Puedes hacer tu elección. O bien este hombre era, y es el Hijo de Dios; o era un loco o algo peor. Escarnécele como a un insensato, escúpelo y mátalo como a un demonio; o cae a sus pies y proclámalo como Señor y Dios. Pero no asumamos la tonta actitud condescendiente de decir que fue un gran maestro de la humanidad. El no nos proporciona campo para tal suposición. No fue eso lo que El intentó.

Nos enfrentamos, entonces, a una alternativa aterradora. A mí me parece obvio que no fue ni un lunático ni un chiflado; en consecuencia, por extraño o terrible que el asunto nos parezca, hemos de aceptar que El era y es Dios. . .” (C. S. Lewis en "Cristianismo y nada más")

Lo que quiere decir C.S. Lewis es que las cosas que Jesús dijo acerca de si mismo son tan extraordinarias que: bien pueden ser atribuidas a la mente de un megalómano, o a la mente del mayor engañador que la historia ha conocido, o que definitivamente era Dios. Es un trilema, y usted y yo tenemos que escoger.

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¿Era Él un loco?
Si usted escoge que El era un loco, se ve en la obligación de tener que demostrarlo. Al contrario, cuando uno estudia la vida de Jesús, llega a la conclusión de que casi cualesquiera otra cosa se puede decir acerca de Él, menos que era un lunático. Probablemente no ha habido un hombre, en la historia de la humanidad, con una sabiduría moral más elevada y profunda que la que tuvo Jesús. Nadie comprendió tan bien la conducta y la vida humana como Jesús. Obviamente no tiene el perfíl de un psicótico. Si, a pesar de que toda la conducta de Jesús era coherente, se insiste en creer que estaba loco, entonces habría que redefinir tal cosa, que escapa a todos los estándares de lo que conocemos como verdadera locura, porque tenemos que recordar que el hecho de que alguno piense de si mismo que es Dios, especialmente en una cultura monoteísta tan radical, y luego afirmar a otros que el destino eterno de todos depende Él, no es un leve divagar de la imaginación, sino el pensamiento de un demente en el sentido más amplio de esta palabra. Es muy probable que alguien que tuviera esas alucinaciones y que se engañe a sí mismo de esa manera, debiera ser internado para cuidar que no se haga daño, ni se lo hiciera a otros. No obstante, en Jesús no se observan las anormalidades y el desequilibrio propios de la demencia. Por el contrario, su equilibrio y compostura ciertamente hubieran sido insolitos si Él hubiera estado loco. Jesús es el Hombre que habló las verdades más profundas de que se tenga registro.

El psiquiatra J. T. Fisher dice: “Si tomaras la suma total de todos los artículos autorizados que hayan escrito los más calificados psicólogos y psiquiatras sobre el tema de la salud mental, si los combinaras y refinaras, y les sacaras el exceso de verbalismo, si les sacaras toda la sustancia y desecharas los adornos, y si estas partes de puro conocimiento científico no adulterado fueran expresadas concisamente por el más capaz de todos los poetas vivientes, tendrías una desproporcionada e incompleta versión del Sermón del Monte. Al comparar esa versión con las palabras de Jesús, la primera saldría grandemente perjudicada. Durante casi dos mil años, el mundo cristiano ha tenido en sus manos la completa solución para sus desequilibrados e infructíferos anhelos; el plano para el desarrollo de una vida humana exitosa, llena de optimismo, salud mental y contentamiento”.

Philip Schaff añade: “¿Está inclinado un intelecto de esta naturaleza: claro como el cielo, fortificante como el aire de la montaña, agudo y penetrante como una espada, completamente sano y vigoroso, siempre dispuesto y siempre dueño de si mismo, a un radical y absolutamente serio engaño con respecto a su propio carácter y a su misión? ¡Absurda imaginación!”

¿Era Él un mentiroso?
Si cuando Jesús hizo sus afirmaciones, sabía que Él no era Dios, entonces mentía y engañaba deliberadamente a sus seguidores. Sin embargo, si Él fue mentiroso, entonces tuvo que ser tambíen un gran hipócrita, puesto que enseño a otros a ser honestos a toda costa, aunque Él mismo declaró y vivió una mentira sin parangon. Es más, como diria C. S. Lewis, Él fue un demonio del infierno, pues les dijo a otros que confiaran en Él con respecto a su destino eterno. Si Jesús no podía respaldar sus afirmaciones y lo sabía, entonces fue inexplicablemente malvado y a la vez tonto, pues por afirmar que era Dios, fue crucificado.

Esta idea acerca de Jesús no coincide con lo que sabemos de Él, o de los resultados de su vida y sus enseñanzas.

"En nombre de la lógica, del sentido común y de la experiencia, ¿cómo hubiera podido un impostor, que es un hombre engañoso, egoísta y depravado, haber inventado y mantenido consistentemente, desde el principio hasta el fin, el carácter más puro y noble que se ha conocido en la historia con el más perfecto aire de verdad y realidad? ¿Como hubiera podido Él concebir y desarrollar exitosamente un plan de beneficiencia sin paralelo, de magnitud moral y de sublimidad, y sacrificar su propia vida por él, en presencia de los más vigorosos prejuicios de su pueblo y de su epoca?" Philip Schaff (La persona de Cristo).

Si Jesús quiso que el pueblo lo siguiera y creyera en Él como Dios, ¿Por qué se presento a la nación judía? ¿Por qué tenía que ir como un carpintero nazareno a un pais tan pequeño en tamaño y población, y a la vez tan adherido a la unidad indivisible de Dios? ¿Por qué no fue a Egipto o, aun mejor, a la Grecia politeista, con sus variados dioses y sus multiples manifestaciones?
Alguén que viva como Jesús vivió, que enseñe como Jesús enseñó, y que muera como Jesús murió no puede ser un mentiroso.

Nos queda solo la última alternativa: Jesús es Dios.
La pregunta que hacemos no es cual de estas alternativas es posible, ya que es obvio que todas son posibles. La verdadera pregunta es: "¿Cual es la más probable?".
Es importante decir que su decisión respecto a lo que cree que Cristo es, no tiene que ser el mero fruto de un razonamiento intelectual sin fundamento. No es posible colocarlo en la galería como un gran mestro de moral. Esa no es una opción valida. Él es un engañador, o un demente, o bien, El Señor y Dios. Usted ha de decidir. El apóstol Juan dijo: "Jesús hizo muchas otras señales... Pero éstas (señales) se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida." (Jn 20.30-31).

Las evidencias apuntan claramente a que Jesús es el Señor. Sin embargo, estas evidencias son rechazadas por causa de las implicaciones morales que conllevan. No quieren enfrentarse a la responsabilidad de llamarlo Señor.

Apuntes de una sesión del Taller de Apologética
y estractos de "Evidencia que exige un veredicto" (Josh McDowell)

M. Araneda

jueves, 4 de octubre de 2012

Pregunta hecha por Bruno Alvarez


Pregunta realizada por Bruno Alvarez al Taller de Apologética.
Fecha: 5 de marzo de 2012.

Quisiera escribirle/s ya que tengo algunos interrogantes importantes sobre la fe cristiana y sería de gran ayuda para mí que puedan ser respondidas en esta sección. Hoy encontré de casualidad este blog, y quiero decir que me complace mucho que haya gente dispuesta a responder las dudas que puedan tener otras personas y poder dilucidar estos asuntos, que sin duda, son de importancia vital para el significado y el sentido de la vida.

Antes que nada, quiero contar un poco sobre mi vida. Tengo 22 años recién cumplidos y asistí toda mi vida a un colegio católico. Actualmente curso en una facultad cristiana y mis raíces también lo son, ya que vengo de una familia muy cristiana. Desde los 12 o 13 años comencé a cuestionarme la existencia de Dios y de ahí que me he convertido en un agnóstico. Mis dudas de a poco van socavando la poca fe que aún me queda y si pudieran arrojar luz a estos asuntos sería una gran ayuda para mí. Quiero aclarar, que deseo con todo mi corazón encontrar a Dios y saber que el cristianismo verdadero, el personaje histórico Jesús de Nazaret me tiene obsesionado, y el hecho de encontrar a Dios y tener una relación personal con Él debe ser la experiencia mas gratificante que debe experimentar una persona (esa relación que mi familia dice tener).

Sin más preámbulos y sin deseos de aburrir a nadie comienzo con las preguntas:

1) Si el cristianismo es verdadero, debemos tomar en serio que Satanás (o el diablo) es un ser que realmente existe, de ser así me vienen algunas preguntas a las cabeza: si Dios es omnisciente y tiene conocimiento medio, y de antemano sabría que el diablo iba a revelarse contra ÉL ¿por qué lo creó?, o en todo caso ¿Por qué no lo destruye ya que es todopoderoso y considerando que el diablo provoca de alguna manera el mal en la tierra? ¿El diablo realmente es el causante directo de todo el sufrimiento del mundo? ¿Y el hecho que haya gente que no crea en Dios, también el es culpable de eso? De ser así entonces Dios no podría culparnos de no tener fe ya que no sería culpa nuestra sino de nuestra guerra espiritual y su guerra cósmica con los poderes del mal.

2) La historia de Adán y Eva es una metáfora o personajes que realmente existieron? Los autores del Nuevo Testamento consideran a Adán como un personaje histórico. Y si supuestamente por Adán y Eva entró el pecado en el mundo y por ende la muerte, ¿Cómo hubiésemos podido encontrar a Dios si no hubiese existido la muerte y por lo tanto la separación de nuestra alma con nuestro cuerpo?

3) La historia de Noé ¿Es plausible? ¿En serio Dios aniquiló a toda la humanidad con diluvio universal? ¿No suena esto a fantasía? ¿Por qué el Dios del Antiguo Testamento difiere tanto del Dios del Nuevo Testamento?

4) ¿El infierno realmente existe? Cómo puede un Dios amarnos al mismo tiempo y dejarnos pasar por el resto de la ETERNIDAD en un sufrimiento consciente. Creo que ni un ser humano con su hijo haría algo semejante pese a todas las maldades que pueda haber hecho, creo que el amor de Dios y su justicia son incompatibles con el infierno.

5) ¿Porqué Dios antes realizaba milagros y se comunicaba con la gente en forma directa (abría mares, sanaba enfermos, resucitaba a las personas, su voz se escuchaba desde el cielo) y hoy en día ya no lo hace? ¿No es más plausible inferir que esa gente nos mintió o Dios tuvo razones para revelarse solamente en ese tiempo y quiso que solo nos dejaran las pruebas por escrito? No voy a hacer más preguntas porque creo que ya son demasiadas y no pretendo que me responda/n todas las preguntas. Desde ya muchísimas gracias por tratar de ayudarme a encontrar la verdad y es mi deseo de corazón poder servirle mi vida mi vida a Cristo en el caso que sepa (y sienta) que el cristianismo es verdadero. Muchas gracias.


Taller de Apologética responde:

Estimado Bruno, agradecemos mucho tu honestidad y valor al encarar tus dudas. Jesús enseñó que todo aquel que busca, encuentra; y que a todo aquel que llama se le abrirá. Por tanto, te animamos a continuar en tu búsqueda con sinceridad. Sin embargo, debes saber que es imposible obtener una respuesta a absolutamente todas las preguntas como condición para creer en Dios. En algún momento debes detenerte y considerar las líneas principales de evidencia, y hacia donde estas apuntan. Como verás, apuntan claramente hacia la existencia de Dios, y hacia Jesús como aquel en quien Dios, si de hecho existe, se reveló a los hombres. Y si descubres que esto es verdad, entonces el paso siguiente no es continuar preguntando, sino poner tu confianza en Jesús para que él te salve y de un conocimiento personal de Dios. Pues Dios es un ser personal, y debe ser conocido como se conoce a una persona. Ahora bien, para conocer a una persona tu no necesitas saber todo acerca de esa persona. Más bien, entrar en relación con ella, para así, conocerla mejor con el paso del tiempo. Lo mismo sucede con Dios. Si honesta y sinceramente pides ayuda a Jesucristo y depositas tu confianza en él, después de evaluar seriamente la evidencia, puedes tener la seguridad de que él responderá y te llevará a conocer a Dios de una manera íntima y personal.

Respecto a tus preguntas, intentaremos responder algunas de ellas, siguiendo el orden en que fueron planteadas:

1. La existencia del Diablo o Satanás como un ser personal es un hecho, de acuerdo a la Biblia. Sin embargo, no es un asunto esencial para la fe. En la Biblia, el origen del mal está en la corrupción de la voluntad creada. El mal no es un principio eterno, opuesto y equivalente al bien. Es más bien, puesto en lenguaje filosófico, un "accidente". Es decir, sólo puede existir como un parásito del bien. Si lo piensas bien, esta es la única explicación consistente para la existencia del mal. Las cosas fueron creadas buenas, pero de alguna manera se echaron a perder. Y, puesto que las cosas carecen de voluntad propia, sólo se pudieron echar a perder si, a) Eran desde el principio imperfectas y propensas a corromperse; o, b) Fueron corrompidas por algún agente poseedor del poder para corromperlas. Ahora bien, la primera opción no es viable de acuerdo a la Biblia, pues Dios, infinitamente bueno, perfecto y sabio, creó un mundo bueno y perfecto, si rastro de error o imperfección. Esto no deja la segunda opción, y aquí entra en acción la voluntad creada. Porque, en una decisión libre y soberana, Dios determinó que existiesen otras voluntades, aparte de la suya, operando en el mundo creado. Pues Dios deseaba compartirse de manera máxima con sus criaturas, y para ello debía crear seres que poseyesen voluntad propia. Este es el bien supremo que Dios puede otorgar a sus criaturas: el don de la voluntad libre, que las hace capaces de participar del bien de Dios en el grado máximo en que una criatura finita puede disfrutar de lo infinito. Todos los seres creados participan originalmente de algún grado de bien, pero sólo las criaturas libres pueden participar de ese bien, que es Dios, de manera consciente. Pero la libre voluntad, para que sea verdadera, tiene que poseer la capacidad de aceptar o rechazar el bien. De otra manera, no sería libre. Y aquí está el origen del mal: en el mal uso de la voluntad creada. El bien de la voluntad creada está en unirse, voluntariamente, a su Creador. Su mal, en rechazar esa unión. Esto es lo que hizo Satanás, y también Adán en el huerto de Edén. Así entró el mal en el mundo, cuando la voluntad torcida de la criatura corrompió la creación de Dios. De manera que la existencia de Satanás es completamente razonable desde la doctrina cristiana.

Ahora bien, ¿Sabía Dios que Satanás se iba a rebelar y causar todo el daño ese daño? Por supuesto que sí. Pues esto significa que Dios posea conocimiento medio. ¿Por qué lo creó entonces? En primer lugar, debes recordar que Dios no creó al Satanás malvado, sino que lo hizo bueno y perfecto. Satanás se hizo a sí mismo malvado al rebelarse contra su Creador. Por tanto, Dios no es responsable por el mal de Satanás, una vez que éste tiene una voluntad propia e independiente de la voluntad divina ¿Podía Dios evitar la rebelión de Satanás? Sí, pero al costo de destruir su voluntad libre. No obstante, Dios no puede negarse a sí mismo, y deshacer aquello que otorgó. De manera que Dios tenía una especie de elección soberana ante sí: Crear un mundo que contuviese criaturas libres, capaces de amarle, o bien, rebelarse contra él y destruir su creación; o crear un mundo perfecto, pero sin criaturas libres, y por lo tanto infinitamente menos bueno y glorioso. Existía no obstante, una tercera opción, que es, en realidad, un perfeccionamiento de la primera: Crear un mundo de criaturas libres, y proveer los medios para, sin destruir la libertad creada, minimizar los efectos del mal y maximizar los efectos del bien, al punto de deshacer por completo los efectos malignos causados por la rebelión de la voluntad creada. Y Dios, en su infinita sabiduría y bondad, supo que existía un camino para ello: Su amor. De manera que Dios creó un mundo donde Satanás se rebelaría contra él e intentaría torcer y destruir sus obras, pero sólo para descubrir que, aún contra su voluntad y a pesar de sí mismo, él era parte de un plan infinitamente más sabio que él mismo, en el que aún sus obras más malignas serían apenas un hilo de una trama de bondad y amor infinitos de Dios hacia sus criaturas. Y este hecho quedó demostrado de manera suprema en la cruz de Cristo. Pues allí se reunió todo el poder, la maldad y la astucia que Satanás jamás intentó, para destruir al hijo de Dios. Sólo para descubrir que la hora de su triunfo supremo, fue la hora de su derrota suprema y definitiva. Pues del máximo mal posible para una criatura, que es el asesinato de su Creador (pues el Diablo sí sabía quién era Jesús), Dios sacó las fuerzas que habrán de renovar para siempre el universo, y terminarán de manera definitiva con los efectos del mal en su creación. Esta es la respuesta cristiana para la existencia del Diablo.

Adicionalmente, Satanás no es el responsable directo y exclusivo del mal en el mundo. En verdad, el responsable directo de ello es el hombre. Pues Satanás sólo puede actuar en el mundo en la medida en que el hombre le permite actuar. Adán fue creado por Dios para ser su representante y administrador sobre la creación visible. Por ello, en la medida en que el hombre se une a la rebelión de Satanás, éste puede actuar en la tierra por su intermedio. Luego, gran parte de la responsabilidad por el mal de este mundo recae sobre el hombre mismo.

2. Adán y Eva si fueron personajes históricos de acuerdo a la doctrina cristiana, pues precisamente a través de ellos el pecado entró en el mundo ¿Es esto compatible con las teorías científicas? Eso depende de cómo consideremos las teorías científicas ¿Son ellas la única fuente disponible de conocimiento sobre nosotros mismos? Es obvio que no, en la medida que conocemos muchas cosas que no tienen su origen en la investigación científica, como, por ejemplo, los principios morales, las reglas de la lógica, las matemáticas, la existencia de otras mentes, la existencia del mundo, los sentimientos de amor, y un largo etc. Ahora bien, la teoría de la evolución sostiene que la raza humana es el fruto de una largo proceso de cambio en el tiempo desde los organismos unicelulares hasta los primates más avanzados. Pero, si esto es un hecho real, sólo puede dar cuenta del origen de nuestro organismo físico y no de nuestra mente o alma inmaterial. Pues, el cristianismo sostiene que el ser humano está compuesto de un elemento material, el cuerpo, y de un elemento, inmaterial, el alma. Sólo entonces tenemos al hombre completo. El relato del Génesis nos dice que el hombre (no sólo su organismo biológico, sino también su alma) surgió por un acto directo de creación divina, cuando Dios sopló su aliento en un cuerpo físico, previamente formado por sus manos. Por supuesto, el lenguaje de la Biblia no es científico, sino teológico, ya que intenta establecer el hecho de que el hombre fue creado directamente por Dios, y que la emergencia de sus facultades superiores es un don especial de Dios. El cómo Dios creó su cuerpo, no es el tema allí. Pudo hacerlo directamente, mediante un acto especial de creación; o pudo hacerlo indirectamente, a través de la operación de segundas causas, como por ejemplo, la evolución orgánica. El conflicto entre el Génesis y la ciencia es sólo aparente, a menos que se quiera establecer que Dios no existe como agente creador, sino sólo las causas materiales. Esto último, no obstante, no es ciencia sino materialismo filosófico disfrazado de ciencia.

3. La existencia del diluvio no es, en absoluto, un asunto esencial para la fe cristiana. Existen diversas posturas entre los eruditos bíblicos al respecto. Algunos dicen que fue un evento exclusivamente local, y otros, que fue universal. Como sea, el debate está abierto y nadie tiene una respuesta definitiva. Pero, cualquiera que ella sea, no afecta en nada los asuntos centrales del cristianismo.

4. El Dios del Antiguo Testamento (AT) no es diferente del Dios del Nuevo. Jesús mismo, que creció en un ambiente impregnado de la religión del Antiguo Testamento, nunca lo vio así. La objeción "moral" en contra del carácter del Dios del AT, levantada por personas como Mark Twain, y más recientemente, Richard Dawkins y Daniel Dennet, surge de un error filosófico y de la ignorancia teológica. En algunos foros, incluso el de este mismo blog, algunos levantan el argumento del "monstruo moral" (según la expresión de Dawkins) como siendo decisivo contra la existencia de Dios. Sin embargo, como veremos, este es uno de los peores argumentos que jamás se han presentado desde el campo ateo. Vamos a tratar de puntualizar el porqué:

a) En primer lugar, está lejos de ser un argumento contra la existencia de Dios, y es, a lo sumo, un argumento contra la inspiración del Antiguo Testamento. Veamos cómo va el argumento: Si Dios existe, debe ser infinitamente bueno. Ahora bien, si él es infinitamente bueno, no puede cometer actos malignos de ninguna clase o grado. Sin embargo, vemos que en el AT Dios, aparentemente, ejecuta o ordena ejecutar actos " moralmente malos", como por ejemplo, la destrucción de ciudades y la matanza de mujeres y niños indefensos. Luego, argumentan los objetores, Dios es malo y por lo tanto, no puede existir. El problema aquí  está suponer que la existencia de Dios depende de la inspiración del registro bíblico. Sin embargo, la Biblia no funciona como una evidencia a favor de la existencia de Dios. Tal vez ella sea, un registro humano, incompleto y falible acerca de Dios. Esto es, al menos, lógicamente posible. Porque, siempre podemos suponer que los escritores fallaron al registrar el carácter de Dios. Luego, el argumento del "monstruo moral" con base en el registro bíblico no funciona en absoluto, pues cómo máximo, cuestiona la inspiración de la Biblia. Y las evidencias a favor de la existencia de Dios son independientes de la inspiración del texto bíblico. 

Con esto no queremos decir que la Biblia no sea inspirada (creemos que los es), sino que la existencia de Dios no depende, lógicamente, de la inspiración de la Biblia. Más bien, lo contrario es verdadero: sólo si Dios existe, la Biblia puede ser un libro inspirado por él.

b) En segundo lugar, el argumento se refuta a sí mismo, porque entraña una contradicción lógica. La acusación de que Dios es un "monstruo moral", culpable de genocidios, matanzas e injusticias de acuerdo al registro bíblico, supone la existencia de un padrón moral objetivo por el cual juzgar los actos y acciones divinas. Sin embargo, este padrón moral objetivo sólo puede existir si Dios existe. De otra manera, nuestros valores morales no pasan de ser preferencias subjetivas, al mismo nivel que nuestros gustos deportivos o culinarios. Porque, para afirmar que algo es malo o injusto, debo tener alguna idea de lo que es bueno o justo. Pero, para tener alguna idea de lo justo necesito algún padrón moral objetivo e independiente que determine lo que es justo. Es decir, necesito una ley moral. Pero, una ley sólo puede ser normativa y vinculante en la medida que exista una autoridad que la respalde, esto es un legislador. Y esto no lleva de vuelta a Dios como fuente y garante de la ley. De manera que un argumento que se basa en la existencia (normalmente implícita y no reconocida) de una ley moral objetiva y absoluta, que establece por ejemplo, que el asesinato de niños es intrínsecamente malo, con independencia de las circunstancias históricas o culturales, no funciona: Una ley así demanda la existencia de Dios como legislador y garante. Por tanto, el argumento es auto contradictorio al suponer implícitamente la existencia de dicha ley y negar explícitamente la existencia de un Dios, sin el cual, una ley así no podría existir.

Por supuesto, el objetor puede cambiar de táctica y volver con un argumento minimalista, sosteniendo que él no quiere afirmar la existencia de una ley moral objetiva (cosa que, como vimos, está imposibilitado de hacer en estricto rigor lógico), sino simplemente afirmar que la existencia del Dios del AT es lógicamente incompatible con sus propios principios morales de bondad. El AT es, por tanto, incoherente. Pues bien, si incluso concediésemos que esto es así, no hace nada como argumento contra la existencia de Dios. Como vimos en el punto a), lo que se puede objetar, a partir de este punto es, como máximo, la inspiración del AT.

c) No obstante lo anterior, y sólo por amor del argumento, podemos mostrar que la acusación de que el Dios del AT es un "monstruo moral" carece de fundamento, cuando examinamos con profundidad el texto bíblico. Para ello debemos despejar las nubes de ignorancia teológica y hermenéutica que parecen exhibir hombres como Dawkins y Dennet.

Gran parte de la objeción se basa en una mala comprensión de la naturaleza de Dios. De acuerdo con la Biblia, él es el creador único y absoluto de todo lo que existe, y en particular de la raza humana. Dios, a diferencia de lo que se afirmaba en las mitologías paganas, no creó el mundo a partir de una materia preexistente, sino literalmente de la nada. Esto es, la creación existe por un acto libre y soberano de un Dios todopoderoso. No sólo esto, sino que continúa existiendo debido únicamente a su voluntad y poder sustentadores. Así lo afirma el salmo 104:

Todos ellos esperan en ti, 
Para que les des su comida a su tiempo. 
Les das, recogen; 
Abres tu mano, se sacian de bien. 
Escondes tu rostro, se turban; 
Les quitas el hálito, dejan de ser, 
Y vuelven al polvo. 
Envías tu Espíritu, son creados, 
Y renuevas la faz de la tierra.

En lenguaje más filosófico, podemos afirmar que todos los seres creados por él son contingentes y sólo él es necesario. Todas las criaturas dependen radicalmente de Dios para existir. Su existencia es así derivada absolutamente de Dios. No existen, ni pueden existir a parte de Dios. Es por un acto constante, libre y soberano de Dios que ellas llegaron a existir y continúan existiendo. Luego Dios es el Dueño y Señor soberano de su creación en un sentido absoluto y esencial. No obstante, Dios ha querido que algunas criaturas posean un grado más alto y pleno de existencia. Para ello las dotó de una voluntad libre. Esas criaturas, no están sólo bajo el gobierno de la ley natural, que es la manera en la que Dios gobierna todo el resto de su creación, sino también bajo el gobierno de la ley moral. Son responsables ante Dios, de la dirección de su vida y carácter. Pero, la existencia de la ley moral significa que nuestros actos implican responsabilidad moral, y Dios como legislador es también el juez soberano sobre la vida humana, que él creó y sustenta. De manera que Dios se relaciona con el hombre no sólo a través de ley natural, sino también a través de la ley moral.

Luego, el mal uso de la libertad creada puso a la raza humana completa bajo la esclavitud del pecado y la maldad, corrompiendo su naturaleza, que era originalmente buena. Este es el significado de la caída, relatada en los primeros capítulos de Génesis. El pecado original es un dato que de ninguna manera puede obviarse al entender los tratos de Dios con los hombres. Este pecado original implica la existencia de una persistente inclinación hacia el mal en toda la raza humana, que es, de esta manera, culpable ante la ley moral de Dios. Ahora bien, el castigo por la transgresión de la ley moral es la muerte. Pero, necesitamos entender el verdadero significado de la muerte según la Biblia. La ley moral no es otra cosa que la ley esencial de la vida humana, creada para vivir en unión y comunión voluntaria y consciente con Dios. La desobediencia a la ley moral, significa la autoexclusión voluntaria de dicha relación con Dios. Al actuar así el hombre excluye a Dios de su existencia, y esto trae consigo la muerte, que es el resultado de la ausencia de Dios. De manera que la muerte física es el resultado visible de la muerte espiritual. 

Una raza así podría haber sido desechada por Dios, en un estricto acto de justicia. No obstante él, en su paciencia y misericordia, permitió que la raza humana continuara existiendo, pues su deseo no era condenarla, sino redimirla. Esto, sin embargo, implicaba posibilidad de que la maldad alojada en el corazón humano creciese descontroladamente, al punto de corromper toda la raza más allá de un punto de retorno. Y es aquí donde entran en escena los juicios divinos en la historia, para impedir que el pecado destruya por completo toda traza de bien en nuestra naturaleza caída, pues entonces nuestra raza estaría perdida para siempre. Por ello, de tiempo en tiempo, cuando en algunos puntos específicos de la historia la maldad de de los hombres llegó a su colmo (el punto de no retorno), Dios intervino para, como juez soberano y dueño absoluto de nuestra vida y nuestra muerte, destruir a los malos e impedir la propagación total de la maldad. Dios tiene este derecho, deber y prerrogativa absolutos sobre la vida humana y nadie más los tiene, por que sólo él es Dios. Los hombres no tenemos, ni nunca tendremos, dicha prerrogativa, porque no somos Dios. De manera que un acto que es moralmente bueno en Dios, deja de serlo cuando es realizado por nosotros, ya que usurparíamos un derecho que sólo él posee. Esto es lo que queremos decir con nuestra expresión "jugar a ser Dios", que expresa claramente el abismo infranqueable que nos separa, como criaturas, de nuestro Creador.

Ahora, siendo que Dios posee conocimiento y bondad infinitos, sus juicios son necesariamente buenos y justos. Sin embargo, a ellos siempre se agrega su misericordia. Aún en los casos de juicios divinos más "extremos" en el AT, podemos descubrir este rasgo de misericordia ofrecida hasta el final, pues la paciencia de Dios espera mucho antes de ejecutar el juicio. Veamos algunos ejemplos: Antes de destruir Sodoma y Gomorra, sociedades donde la maldad, la violencia, la violación y el asesinato se habían convertido en la norma aceptada de conducta, Dios solicitó a Abraham que intercediera por ellos, pues si hubiese habido allí aunque fuera 10 personas buenas y no contaminadas con esa maldad, Dios hubiese perdonado a ambas ciudades. Lo mismo ocurrió con las naciones que Dios mandó destruir en la conquista de Canaán. La Biblia afirma que en los días de Abraham Dios le dijo que esperaría 400 años antes de destruír a los amorreos (naciones de Canaán), pues su "maldad aún no había llegado a su colmo". Esto se verificaría sólo 400 años después, a través de Josué. Aquí estaba en acción el mismo principio de Sodoma y Gomorra: mientras aún existiese entre ellos alguna traza de justicia y bondad no serían destruidos. Por tanto, tuvieron 400 años de misericordia para arrepentirse y cambiar. 

¿Pero qué de los niños inocentes? No mandó Dios matarlos también. Pues bien, es necesario entender esto en el contexto antes mencionado. Se trató de la ejecución de un mandato judicial de Dios a Israel, restringido y singular. No era de ninguna manera una norma moral permanente a ser observada, sino una excepción judicial. Israel no podía, ni tenía que hacer de ello una norma de conducta permanente. Vamos a usar un ejemplo para entenderlo: En los lugares donde existe la pena de muerte (sin entrar en la discusión de su validez), los verdugos que la ejecutan no pueden, de ninguna manera, considerar que este mandato específico de ejecución liberado por un juez, es una norma general de conducta; un permiso para matar a mansalva. Si así lo hicieran, acabarían muy pronto ellos mismos en la cámara de ejecución. Es la orden de un juez, dictada bajo derecho, la que hace ese acto realizable y ajustado a derecho en cada caso particular. De manera que es una total falta de comprensión afirmar que el Dios del AT ordena el asesinato de niños. Por el contrario, "no matarás" formaba parte del código moral fundamental dado por Dios a Israel. Su violación se castigaba con la muerte. Así, la Biblia establece el carácter sagrado e inviolable que la vida humana debe tener para los hombres. Sólo Dios, en su calidad de Autor, Sustentador y Juez justo y soberano de la vida humana, tiene derecho a tomarla, así como también sólo él tiene poder para concederla.

De manera que queda preguntarse si Dios estaba justificado moralmente en destruir a los niños, según el relato bíblico. En este caso debemos entender que la completa depravación de la sociedad en la que vivían ya había condenado a esos niños. Estaban destinados a ser violados, abusados, maltratados, esclavizados, quemados como ofrendas a sus dioses, y corrompidos física y mentalmente de las maneras más espantosas concebibles. La muerte era, en su caso, un acto de misericordia; una puerta de salida de ese destino cruel. ¿Por qué? Porque, debido al sacrificio de Cristo, el reino de los cielos está abierto para los niños. La muerte física no es el final de todo para Dios. Es nuestra mentalidad materialista la que nos lleva a pensar así. Por el contrario, al morir sin poseer aún responsabilidad moral, esos niños fueron librados del mal al que estaban condenados, y preservados para el reino celestial, antes de que las semillas de maldad sembradas en sus corazones por sus padres germinaran y dieran fruto. No, hasta que Cristo viniera, muriera y resucitara, habría alguna posibilidad de salvación para el corazón corrompido del hombre. Por eso, a partir de Cristo todo cambió. Pues en él, Dios ha provisto el poder necesario para renovar y transformar aún al más corrompido y malvado de los hombres. Pero esto no era posible en el AT. Por ello, Dios no hubiese bueno ni justo, si no hubiese ejecutado su juicio como lo hizo. 

5. ¿Existe realmente el infierno? De acuerdo a la Biblia, si existe. Jesús mismo habló de él como un lugar de tormento y dolor, creado originalmente para el Diablo y sus ángeles. Podemos acercarnos a comprender su verdadera naturaleza mediante un ejemplo más accesible: Resulta un lugar común escuchar la expresión "Sin Dios y sin ley" cuando se quiere describir un lugar donde los hombres se comportan de una manera particularmente corrupta y malvada. Sin embargo, nadie en esta tierra ha experimentado lo que significa un lugar donde Dios está absolutamente ausente. Pues aún en las condiciones más terribles de este mundo, alguna traza del bien de Dios persiste. Sin embargo, el infierno es la ausencia definitiva y completa de Dios en la existencia humana. Y cuando Dios desaparece, todo bien desparece con él. Esta ausencia absoluta de Dios es el resultado de la voluntad creada que se obstina en excluir a Dios hasta un punto de no retorno, cuando se vuelve incapaz para siempre de desear otra cosa que no sea ella misma. El juicio de Dios no consiste más que en permitir que esto ocurra, hasta las últimas consecuencias. En este caso, Dios todavía puede realizar una última "misericordia" para con una criatura así de malvada: dejarla existir eternamente de la manera en que ella ha elegido existir: excluida para siempre de Dios. C.S. Lewis dijo que "al final sólo existen dos tipos de hombres: aquellos que dicen a Dios, hágase tu voluntad; y aquellos a quienes Dios dice, hágase tu voluntad". Al final de todo, la creación entera se llenará de la gloria de Dios y los condenados no podrán, ni desearán jamás vivir en la presencia de esa gloria aunque se les ofreciera una y mil veces. Se habrán autoexcluido de ella, y, con ello, de la creación divina para siempre. En ese punto, sólo les restará el infierno ¿Pero, por qué Dios no destruye a los malos al final? Porque el don de existir, aunque sea perdidos para siempre, sigue siendo para ellos un bien superior a "no existir". Pero recuerda, ellos, y no Dios, habrán elegido ese destino para sí. 

Esto nos debe hacer meditar profundamente. Ningún ser humano es algo común. Tu, yo, y todas las personas que vemos a nuestro alrededor cada día estamos en proceso de convertirnos, en palabras una vez más C.S. Lewis, en esplendores eternos, destinados a una felicidad infinita, o en horrores eternos, destinados a la total infelicidad. Todo dependerá de cómo respondamos a Jesucristo.

A tu servicio en Cristo,




Preguntas Anónimas y su respuesta.


Respecto al articulo "La Apologética Cristiana: ¿Quién La Necesita?" - Dr. William Lane Craig.
Anónimo dijo...
Tengo serias dudas sobre el artículo "La Apologética Cristiana...." del Dr. W. L. Craig.
En su primer argumento a favor de la apologética, está llamando a la transformación del contexto cultural en cuanto a los argumentos que hacen de la fe cristiana una mera enseñanza más, sin embargo ¿No está escrito en 2 Corintios 2:4-5 "nuestras armas son poderosas en Dios para destrucción de fortalezas derribando todo?. . . Seguir leyendo


Y respecto al articulo "Dios aún no ha muerto" - Dr. William Lane Craig.
Anónimo dijo...
Me pareció excelente el artículo, lo que me deja un poco preocupado es lo siguiente:
1. Cuando el autor declara que si la apologética "El Cristianismo se verá reducido a ser solo una voz más en una cacofonía de voces en competencia, cada una compartiendo su propia narrativa y ninguna encomendándose como la verdad objetiva sobre la realidad." Para esta afirmación pregunto ¿Acaso no dijo Cristo que. . . Seguir leyendo 

Respuesta requerida en los dos comentarios anteriores:
Hola querido amigo, es de gran alegría que hayas querido participarnos tus dudas acerca de los temas tratados en los artículos de este blog.
La respuesta a las interrogantes que nos plaeteas requiere una correcta comprensión de lo que en la primera carta a los corintios el apóstol Pablo llama “excelencia de palabras o de sabiduría” y “palabras de humana sabiduría”
Para dilucidar estos conceptos se debe considerar, en contexto, aquella otra sabiduría, que se puede apreciar al avanzar en la lectura del capítulo dos —verso 6 en adelante, es ideal que se revisen estas cosas biblia en mano— “. . .sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen.”, “. . .la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido a corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.”
Entonces, por contraste se puede entender que la humana sabiduría se basa en la percepción del hombre natural —como dirá más adelante, verso 14—, en aquello que solo puede percibir con sus propios sentidos, o que le es comunicado por otros como él —a los oídos— y en aquellas conclusiones que concibe la mente humana, de forma espontánea o como deducción. Originándose en el hombre natural, una sabiduría corrupta que no le permite entender las cosas espirituales y conocer verdaderamente a Dios (cap. 1.21), dando lugar a un conocimiento parcial de la realidad, insipientes especulaciones y finalmente al error; fenómeno que caracteriza, como antaño, el conocer del hombre.
Solo el Espíritu Santo revela con soberanía el misterio de la sabiduría de Dios a aquellos que están en Cristo, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría, justificación y redención. Esta sabiduría es la que comunica Pablo al anunciar el testimonio del Señor, esta sabiduría viene a constituir un acervo de armas poderosas en Dios para destruir fortalezas, derribar argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios.
Estos principios son absolutamente consistentes con la práctica apostólica en el anunciar el testimonio de Dios, estándar registrado en el libro de los Hechos. Por ejemplo, en el capítulo 17 Pablo se encuentra en Atenas, enfrentado al desafío de predicar el evangelio de Jesús y su resurrección. La palabra dice que discutía en la sinagoga con los judíos y griegos prosélitos, y a diario hablaba en la plaza con los que se encontraban por allí, entre los cuales había algunos filósofos que le llevaron al Areópago (vs. 17-20 NVI). Al analizar el mensaje comunicado por el apóstol, es notorio que no utiliza de forma explícita argumentos propios de la tradición judía, en su lugar, esgrime como recurso de acercamiento, particularidades de la religión y cultura griega, asuntos conocidos que están en la esfera de la humana sabiduría, pero que son usados sin dudar por el apóstol a propósito de citarlas a comparecer ante la Verdad. Además el apóstol hace referencia al testimonio dejado por Dios, acerca de Si mismo, en su creación —usado también por Pablo en otras oportunidades, véase Hch. 14.17 y Rom. 1.19-20, en conjunto constituyen la hoy denominada teología natural—. Todo esto en función de la exposición de la Verdad ante la cual comparecen y perecen los argumentos de los hombres. De entre los oyentes algunos creyeron, como Dionisio el areopagita y Damaris.
El mismo procedimiento es utilizado para expresar la verdad del evangelio a los judaizantes. Entre otros Hch. 19.1-12 ilustra claramente este método apostólico. Destaca el hecho de que “entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios” y que cuando algunos sinagogitas se endurecieron en su corazón, Pablo se alejó de ellos y formó un grupo aparte con los discípulos; y a diario debatía en la escuela de Tirano. Y así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús (vs. 8-10).
Algo muy importante que se puede apreciar en este relato, es que tal como dice en 1 Cor.2.4, “ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder”. Es evidente en las escrituras de que Pablo usó palabras persuasivas— el mismo vocablo griego pe???? (persuasor) en ambos pasajes, tanto en 1 Cor.2.4 como en Hch. 19.8, véase también Hch. 28.23—, pero la diferencia está en que estas palabras no eran de humana sabiduría. Estas actividades apostólicas eran confirmadas por el derramamiento del Espíritu Santo (vs. 6) y por los milagros extraordinarios que hacia Dios por mano de Pablo “de tal manera que aún se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían” (vs. 1-12), indicando que su mensaje era con demostración del Espíritu y de poder.
Por lo tanto los apóstoles hicieron uso con sabiduría espiritual de lo que hoy llamamos apologética, que no está más allá de la sana experiencia —sin enfatizar las formas— de los hermanos de la iglesia del primer siglo.
En otro flanco de acción se exhorta a los hermanos a defender con ánimo presto la fe que les ha sido dada, contendiendo ardientemente contra las falsas doctrinas y falsos maestros, a saber Jud.1.3, “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” y a dar testimonio ante los detractores estando preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que demande razón de la esperanza que en ellos hay (1 Ped. 3.15), razones y evidencias como las que son expuestas tantas veces en las escrituras, por ejemplo:
“. . . se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios” (Hch. 1.3)
“Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis” (Hch. 2.22)
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hch. 2.32)
“(he enseñado que Cristo). . .fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen” (1 Cor. 15.2)
“...Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos... Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros” (cf. 1 Jn. 1.1, 1.3)
Estas expresiones no están de ninguna manera en contradicción con las dadas a Timoteo en relación a cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, etc. Y a las profanas y vanas palabrerías, que conducen más y más a la impiedad, versos que deben entenderse en contexto y que están en divergencia con el buen uso de la palabra de verdad y a la doctrina que es conforme a la piedad (cf. 1Tim. 6.3-10 y 2 Tim.2.14-26), de lo cual la apologética da cuentas.
Teniendo en consideración estas cosas, es que el hno. William Lane Craig declara que si la apologética es descuidada, el cristianismo será reducido a otra voz en la cacofonía de voces en competencia, cada uno compartiendo su narrativa y ninguno recomendándose a sí mismo como portador de la verdad objetiva de la realidad, mientras que el naturalismo científico moldea la perspectiva de nuestra cultura de cómo es realmente el mundo. El portador de la verdad objetiva de la realidad, es el cristiano que afirmado sobre la base del testimonio interior del Espíritu y ceñidos los lomos de su entendimiento con la Verdad, que es Jesucristo, anuncia el testimonio de Dios no con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder. Este anuncio ya no será parte de la cacofonía (palabras redundantes) de voces en competencia ya que la Verdad, expresada como tal, no tiene parangón.
En ese sentido se confirma que “. . .Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.”
Un abrazo,
Taller de Aplogética

sábado, 17 de marzo de 2012

La influencia deshumanizante del pensamiento moderno: Darwin, Marx, Nietzsche, y sus seguidores.


Dr. Richard Weikart
Richard Weikart es profesor de Historia en la Universidad Estatal de California, Stanislaus. Terminó su D.Phil. en historia europea moderna en la Universidad de Iowa en 1994, recibiendo el premio bienal del Foro para la Historia de las Ciencias Humanas por presentar la mejor tesis doctoral en este campo. Su tesis revisada se titula: "El darwinismo Socialista: Evolución en alemania, pensamiento socialista de Marx hasta Bernstein".


Viktor Frankl, un superviviente del Holocausto que padeció los horrores de Auschwitz, comentaba sagazmente acerca de la manera en que el moderno pensamiento europeo había ayudado a despejar el camino para las atrocidades nazis (y sus propios sufrimientos). Decía: «Si presentamos a un hombre un concepto del hombre que no es cierto, podremos llegar a corromperlo. Cuando presentamos al hombre como un autómata de reflejos, como una máquina mental, como un manojo de instintos, como un instrumento de impulsos y reacciones, como un mero producto del instinto, de la herencia y del medio, alimentamos el nihilismo al que en todo caso es propenso el hombre moderno». Frankl continuaba: «Me familiaricé con la última etapa de tal corrupción en mi segundo campo de concentración, Auschwitz. Las cámaras de gas de Auschwitz fueron la consecuencia final de la teoría de que el hombre no es nada más que producto de la herencia y del medio ambiente —o, como les gustaba decir a los nazis, de “sangre y suelo”. Estoy absolutamente convencido de que las cámaras de gas de Auschwitz, Treblinka y Maidanek fueron preparadas en último término no en este o aquel Ministerio en Berlín, sino más bien en los escritorios y en las aulas de científicos y filósofos nihilistas».[1]

Como estudiante universitario cristiano en la década de 1970, fui llevado al estudio de la historia intelectual de la Europa moderna en parte por la conciencia de que mucho del pensamiento moderno había conducido a la degradación de la humanidad, tal como sugería Frankl. Mi interés fue estimulado originalmente por la lectura de C. S. Lewis, especialmente La abolición del hombre, y por diversas obras de Francis Schaeffer, pero quedó reforzado por cursos que estudié acerca de historia del pensamiento y de historia de la filosofía. En mis estudios personales, me sentí descorazonado ante la visión de la humanidad que aparecía bosquejada en la obra de B. F. Skinner Más allá de la libertad y de la dignidad, que me parecía que llevaría a distopías, como las que aparecía en las ficciones de 1984 y de Un mundo feliz, o a la real como la descrita por Alexander Solzenitsyn en sus novelas y en Archipiélago Gulag.

Unos pocos pensadores modernos habían criticado específicamente el punto de vista «antropocéntrico» de que los humanos son especiales, hechos a imagen de Dios. En el siglo diecinueve y a principios del veinte, por ejemplo, el célebre darwinista alemán Ernst Haeckel, lanzó un ataque contra el cristianismo por proponer una visión «antropocéntrica» y dualista de la humanidad.[2] En la actualidad, el famoso bioeticista Peter Singer, junto con el biólogo darwinista ateo Richard Dawkins, argumentan que en base de una comprensión darwinista del origen del hombre, tenemos de eliminar la santidad de la vida humana, y despojarnos de cualquier concepto de que los humanos estén creados a imagen de Dios y por ello excepcionalmente valiosos.[3] Un ecólogo evolutivo de la Universidad de Texas, Eric Pianka, lucha abiertamente en contra del antropocentrismo, incluso hasta expresar el deseo de que el 90% de la población humana sea extinguida, quizá por una pandemia.[4]

Sin embargo, frecuentemente los pensadores modernos han enmascarado la influencia deshumanizadora de sus ideas designando a su filosofía como un «humanismo» de una forma o de otra, implicando que sus perspectivas enaltecen a la humanidad. Sin embargo, la mayoría de los intentos de enaltecer a la humanidad han resultado irónicamente en una disminución de la humanidad, lo que demuestra la verdad bíblica de que «el que se enaltece será humillado».

Tras el eclipse del Romanticismo en la Europa de mediados del siglo diecinueve, muchos intelectuales abrazaron la ciencia como el árbitro único del conocimiento, incluyendo el conocimiento acerca de la humanidad y de la sociedad. El célebre pero voluble pensador francés Auguste Comte consiguió muchos discípulos para su filosofía del positivismo, que rechazaba cualquier conocimiento que no se obtuviera mediante una investigación empírica, científica (excepto, naturalmente que este fundamento epistemológico mismo no es susceptible de demostración empírica, de modo que me parece que su epistemología se autocontradice). Comte esperaba iniciar el estudio científico de la sociedad, y acuñó el término «sociología» para esta empresa. Se sentía optimista en cuanto a que un estudio científico de la humanidad llevaría a los humanos a la práctica del altruismo, otro término que él acuñó. Aunque Comte consideraba incognoscible toda metafísica, incluyendo la religión, quería crear una religión de la humanidad, que situaría a los humanos en el más elevado pedestal. La mayoría de los discípulos de Comte, como John Stuart Mill, abrazaron su epistemología positivista, pero rechazaron su religión de la humanidad, especialmente en la ridícula forma en que la propuso en sus escritos posteriores (que involucraba muchas prácticas religiosas específicas, incluyendo orar a una mujer que uno admirase).

Aunque no se destacó tanto como el positivismo durante el siglo diecinueve, el materialismo también creció en influencia a mediados de dicho siglo. Aunque el positivismo rechazaba todas las posturas metafísicas, incluyendo las materialistas, compartía sin embargo muchos rasgos con el materialismo. Tanto los materialistas como los positivistas hacían un ídolo de la ciencia como el único camino al conocimiento. Pero al extender la investigación científica a la humanidad misma, hicieron suposiciones acerca de la naturaleza humana que no eran susceptibles de investigación científica. Fundamentalmente, descartaron el dualismo cuerpo-alma, con lo que redujeron a la humanidad a materia en movimiento. Además, su insistencia en que el método científico podría proporcionar conocimiento acerca de todas las características de la vida humana los llevó a abrazar el determinismo. Hacia finales del siglo diecinueve, algunos pensadores destacados estaban manifestándose en contra del reduccionismo y del determinismo, pero fue en este siglo que estos puntos de vista llegaron a ser predominantes hasta el punto que Francis Galton, primo de Charles Darwin y fundador del movimiento de la eugenesia, acuñó la frase «naturaleza frente a crianza [nature versus nurture]» para plantear el debate intelectual acerca de la humanidad. La frase de Galton sigue citándose de manera generalizada en las discusiones intelectuales acerca de la conducta humana.

Galton y muchos de sus coetáneos rechazaron el libre albedrío, afirmando con una lógica circular que la ciencia había refutado este concepto religioso supuestamente anticuado. (Se trata de un razonamiento en círculo vicioso debido a que habían definido la ciencia de modo que el libre albedrío quedase excluido, y luego pretendían que la ciencia refutaba el libre albedrío.) Su insistencia en el determinismo llevó a la marginalización de los conceptos religiosos o espirituales de la naturaleza humana. Los nuevos campos de la psicología, sociología y antropología, que sólo quedaron institucionalizados a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, abrazaron en general esta perspectiva determinista de la conducta humana.

Al rechazar el libre albedrío y abrazar el determinismo, Galton y sus contemporáneos quedaron con tres opciones principales: los humanos eran o bien resultado de su constitución biológica, o bien resultado de su entorno, o bien resultado de alguna combinación de la herencia y del ambiente. Cualquier forma de determinismo (o de sus combinaciones) reduce a los humanos a estímulos desde influencias bien internas, bien externas. Niegan la agencia humana independiente, y con ello despojan a la humanidad de cualquier responsabilidad moral.

A mediados del siglo diecinueve, el determinismo ambiental o educacional era más dominante que el determinismo biológico. El filósofo Maurice Mandelbaum argumenta que una de las ideas dominantes de la filosofía del siglo diecinueve era la «maleabilidad del hombre», es decir, la idea de que la naturaleza humana está conformada mayormente por fuerzas externas, como la cultura, la educación y la formación.[5] El padre de John Stuart Mill es un ejemplo de esta perspectiva, con su rigurosa educación de su hijo desde la más tierna edad. Mill llegó a ser la principal voz en Europa pregonando el poder de la educación y de la formación en la conformación del intelecto y de la conducta del hombre. Muchos liberales y socialistas de mediados del siglo diecinueve abrazaron esta visión del determinismo ambiental.

Karl Marx es un destacado ejemplo de un socialista comprometido con el determinismo ambiental. A su perspectiva la denominó «socialismo científico» porque creía que su análisis estaba basado en unas leyes económicas y sociales inmutables. Estaba convencido de que las instituciones sociales e incluso la naturaleza humana misma estaban conformadas por fuerzas económicas. Si cambiaban las condiciones económicas, la naturaleza humana cambiaría de manera correspondiente. Desde el punto de vista de Marx, la propiedad privada era la fuente de todos los males en la sociedad humana, especialmente la opresión de los obreros urbanos por los capitalistas burgueses. Así, la propiedad privada generaba una lucha de clases en todas las épocas. La religión, la moralidad, el derecho, las estructuras políticas, y otras instituciones y factores culturales, eran meramente instrumentos en manos de las clases pudientes para oprimir a las masas desposeídas.

El motivo primordial de Marx no era establecer la igualdad entre los hombres, aunque su filosofía socialista tendía hacia el establecimiento de una mayor igualdad. Más bien, la principal preocupación de Marx era liberar a la humanidad de la opresión y tiranía. Este es un objetivo digno de encomio, y cualquiera que haya leído El Capital de Marx o la obra de Friedrich Engels La condición de la clase obrera en 1844 debería reconocer que Marx tenía un fundamento legítimo para la queja. Muchos obreros de fábricas, por no mencionar los desempleados, vivían en una sórdida miseria. Marx criticó con fundamento los efectos deshumanizantes de la Revolución Industrial. Sin embargo, cuando examinamos las prácticas de los regímenes marxistas en el siglo veinte, observamos una opresión y una tiranía hasta unos extremos increíbles. La búsqueda en pos de la libertad dio unos resultados completamente opuestos. ¿Por qué?

Sugiero que esto se debió fundamentalmente debido a la defectuosa perspectiva de Marx acerca de la naturaleza humana. Ni Lenin ni Stalin, ni Mao ni Pol Pot, ni Castro ni ningún otro dirigente marxista han podido alterar la naturaleza humana librando a sus sociedades de la propiedad privada. Cambiar la economía no podía producir la utopía, porque la conducta humana no está determinada solamente por la economía. La filosofía marxista fracasó porque negaba a la humanidad su naturaleza espiritual, su libre albedrío y también negaba la insistencia cristiana acerca del pecado original. Alexander Solzenitsyn hizo una clara descripción del problema soviético en el intento de alterar la naturaleza humana en su novela Un día en la vida de Ivan Denisovich. En esta novela, los presos en el campo de trabajos forzados soviético, que se supone que están siendo reeducados para convertirlos en buenos ciudadanos soviéticos, siguen actuando como capitalistas en todas las maneras posibles, incluso estando encarcelados. El protagonista expresa en cierto momento que sencillamente el régimen soviético no le podía cambiar su naturaleza.

Hacia finales del siglo diecinueve, especialmente en la década de 1890, el péndulo osciló alejándose del determinismo ambiental, y el determinismo biológico aumento su influencia entre los pensadores europeos. Galton fue una figura fundamental en este cambio, con la publicación de su obra seminal Genio hereditario, en 1869. La influencia de Galton fue profunda, especialmente al convencer a su primo Charles Darwin de que la herencia era más importante que las influencias ambientales en la conformación del intelecto y de la conducta de los humanos. Muchos darwinistas hacia finales del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte llegaron a creer —como también Galton y Darwin— que muchos rasgos del carácter humano, como la lealtad, la sobriedad y la diligencia (o, en los aspectos negativos, la capacidad para el engaño y la pereza) eran rasgos biológicamente innatos, no rasgos morales maleables, como la mayoría de los europeos habían creído antes.

Darwinistas en diversos campos —especialmente en biología, medicina, psiquiatría y antropología— fueron pioneros en promover el determinismo biológico. Cesare Lombroso, el famoso psiquiatra italiano que fundó la antropología criminal, erigió su ideología sobre el darwinismo. Razonó que los criminales eran seres atávicos, un salto atrás a antecesores en el proceso evolutivo. Su mayor fama la obtuvo por promover la idea de que la criminalidad era hereditaria, no resultado de la influencia ambiental. Uno de los más destacados popularizadores del darwinismo en Alemania, el famoso materialista Ludwig Büchner, publicó en 1882 El poder de la herencia y su influencia sobre el progreso moral y mental de la humanidad. En medio de su extenso argumento en favor del determinismo biológico de los rasgos mentales y morales, Büchner expuso adónde llevaba su concepción de la humanidad. Dijo: «En el decurso [del tiempo] el individuo no es nada, la especie lo es todo, y la historia, igual que la naturaleza, marca cada uno de sus pasos hacia adelante, incluso el más nimio, con innumerables montones de cadáveres».[6]

Para la década de 1890, y especialmente a principios del siglo veinte, el movimiento de la eugenesia consiguió popularidad, especialmente en los círculos médicos, tanto en Europa como en los Estados Unidos. La eugenesia estaba impulsada en parte por temores de que las modernas instituciones habían eliminado los aspectos ventajosos de la selección natural. Los eugenistas jugaban constantemente con el espectro de humanos débiles y enfermizos preservados gracias a la medicina moderna, a la higiene y a las instituciones de caridad, mientras que los más inteligentes y supuestamente mejores entre los seres humanos estaban comenzando a restringir voluntariamente su reproducción. Esto estaba produciendo una degeneración biológica, según el parecer de muchos eugenistas. ¿Su solución? Introducir una selección artificial restringiendo la reproducción de los supuestos «inferiores» y alentando a los «superiores» a procrear. El determinismo biológico impregnaba el movimiento de la eugenesia, que presionó para que se estableciesen restricciones al matrimonio, esterilizaciones obligatorias y a veces incluso la eutanasia involuntaria para los incapacitados, porque se les consideraba como biológicamente inferiores.

Otra característica destacada del determinismo biológico de principios del siglo veinte fue su énfasis en la desigualdad racial. En Europa, las ideologías racistas proliferaron en la década de 1890 y a principios del siglo veinte, en parte bajo la influencia del darwinismo y del determinismo biológico. Muchos biólogos, antropólogos y médicos consideraban a los africanos negros o a los indios americanos como menos evolucionados que los europeos. Al ir los europeos colonizando inmensas regiones del globo, muchos científicos proclamaron que los no europeos eran culturalmente inferiores a los europeos. Además, creían que estas diferencias culturales eran manifestaciones de una inferioridad biológica.

Al reducir la humanidad a su constitución biológica, estos deterministas biológicos inspirados en Darwin contribuyeron al proceso de deshumanización. Muchos darwinistas del siglo diecinueve resaltaron las continuidades entre humanos y animales, con Charles Darwin mismo argumentando que todas las diferencias entre humanos y animales eran cuantitativas, no cualitativas. Darwin incluso emprendió explicar el origen de la moralidad como producto de procesos evolutivos completamente naturalistas. La idea de que los humanos fueron «creados a partir de animales», para usar una célebre frase de Darwin, en lugar de ser creados a la imagen de Dios, obtuvo una más amplia aceptación en el siglo diecinueve.

Así como una forma de determinismo ambiental —el marxismo— produjo unos incalculables padecimientos para millones de seres humanos, lo mismo sucedió con el determinismo biológico. El Nacional Socialismo de Adolf Hitler se basaba en una visión de determinismo biológico de la humanidad que destacaba la desigualdad racial. El nazismo respaldó la discriminación —y en último término la supresión física— contra aquellos con rasgos biológicos pretendidamente inferiores. Por otra parte, tenía la esperanza de promover el progreso evolutivo de la especie humana promoviendo niveles reproductivos más elevados de los que se consideraban como biológicamente superiores. El régimen de Hitler acabó matando alrededor de 200.000 alemanes discapacitados, 6 millones de judíos, y centenas de millares de gitanos, en su esfuerzo por mejorar la raza humana.[7]

En tanto que muchos modernos pensadores, especialmente científicos, psicólogos y científicos sociales, han abrazado una u otra forma de determinismo, muchos pensadores han seguido al filólogo y filósofo del siglo diecinueve Nietzsche en su rebelión contra el determinismo. Nietzsche intentó rescatar a la humanidad del reduccionismo científico postulando una libertad individual radical. Creía que todo conocimiento y toda verdad son creados por los humanos, no impuestos sobre nosotros por alguna realidad externa. No podemos responsabilizar al ambiente, ni a la biología ni a Dios de nuestro carácter y conducta. Nietzsche rechazó la idea de que los humanos tengan unas naturalezas o esencias fijas. Más bien, se trata de que las decisiones que tomemos individualmente conforman nuestro destino. Muchos existencialistas y pensadores postmodernos posteriores se han regocijado en la liberación ofrecida por Nietzsche frente al reduccionismo y al determinismo.

Aunque pudiera parecer que el énfasis de Nietzsche en el libre albedrío rescata a la humanidad de las degradantes filosofías del determinismo ambiental o del biológico, en realidad no hace tal cosa. Sólo eleva a una pequeña elite de la humanidad, a quien Nietzsche designó como el Superhombre, o más literalmente, el Sobrehombre. La libertad de Nietzsche era libertad sólo para estos Superhombres, los genios creativos (como él mismo) que se elevarían por encima de la masa vulgar. Nietzsche no sentía más que menosprecio por las masas, a las que consideraba como incapaces de ejercitar una verdadera libertad. Aquello que Nietzsche designó menospreciativamente como el «instinto de rebaño» de las masas sólo servía para llevarlas al sometimiento bajo el dominio del Superhombre.

Así, y a pesar de su insistencia sobre la libertad, la filosofía de Nietzsche es realmente una filosofía que se dirige a la creación de esclavos. En último término, el poder decide no sólo quien domina políticamente, sino también lo que cuenta como verdad. Nietzsche rechazó cualquier forma de verdad o moralidad fijas, socavando así el concepto mismo de humanidad y de derechos humanos. Nietzsche menospreciaba la debilidad, la compasión y el humanitarismo, prefiriendo la fuerza y el dominio prepotente. Fue especialmente vehemente en su rechazo de la ética cristiana, porque servía a los débiles y a los oprimidos. Su moralidad aristocrática buscaba justificar y beneficiar a los fuertes y prepotentes.

Durante el siglo veinte, muchos filósofos existencialistas, como Heidegger y Sartre, abrazaron los contornos generales de la filosofía de Nietzsche, negando que los humanos tengan ninguna esencia fija y resaltando un libre albedrío radical en las decisiones humanas. Pero, más adelante en el siglo veinte, muchos pensadores postmodernos, aunque fuertemente influidos por Nietzsche, han reducido el elemento de la agencia individual, todavía importante para Nietzsche. Muchos académicos literarios enfatizaban el texto escrito por encima del autor, que desaparecía de toda consideración. La intención humana devino irrelevante en la interpretación de los documentos humanos. Así, la deshumanización cayó en barrena aún más abajo, al interpretarse todos los valores humanos como construcciones sociales.

Ahora que he dado un bosquejo a grandes trazos de algunas de las influencias deshumanizadoras del pensamiento y de la cultura en la Europa moderna, quisiera sugerir por qué deberíamos considerarlo como importante. No todo determinismo ambiental lleva al marxismo, ni tampoco todo determinismo biológico lleva al Holocausto. No todo existencialismo o postmodernismo lleva tampoco a una conducta inmoral. Sin embargo, los falsos conceptos de la humanidad pueden llevar a una conducta destructiva y a políticas perjudiciales, tanto por parte de las sociedades como de los individuos. Pueden afectar y afectan a la manera en que tratamos a otros seres humanos. Los derechos humanos son un concepto sin significado en un mundo de determinismo o de constructivismo social (o individual).

La concepción subyacente acerca de la naturaleza humana en cualquier sociedad da forma a las instituciones políticas y sociales, al derecho, y a toda la cultura, y ello en aspectos de gran alcance. Lo recíproco es también cierto —los desarrollos políticos, sociales y legales en una sociedad influyen en su concepción de la naturaleza humana y de la dignidad de la vida humana. Aquellos que creen que los humanos han sido creados a imagen de Dios tendrán unos diferentes valores, ideales, prácticas e instituciones que aquellos que consideren a los humanos como meramente la suma de estímulos ambientales y biológicos, o que aquellos que crean que los humanos pueden crear cualesquiera verdades que deseen.

Notas:

[1] Viktor E. Frankl, The Doctor and the Soul: From Psychotherapy to Logotherapy (Nueva York: Vintage Books, 1986), xxvii.

[2] Ernst Haeckel, Die Welträthsel: Gemeinverständliche Studien über Monistische Philosophie (Bonn: Emil Strauss, 1903), 11.

[3] Peter Singer, Writings on an Ethical Life (Nueva York, 2000), 77-78, 220-21; Richard Dawkins, «The Word Made Flesh», The Guardian (27 de diciembre de 2001).

[4] Eric Pianka, «Biology 301M. Ecology, Evolution, and Society», en www.zo.utexas.edu/courses/bio301; accedido el 3-4-2006; «Student Evaluations [para el Dr. Pianka]—Primavera de 2004», en www.zo.utexas.edu/courses/bio357/357evaluations.html, accedido el 3-4-2006; «Excerpts from Student Evaluations [for Dr. Pianka]—Fall 2004», en www.zo.utexas.edu/courses/bio357/357evaluations.html, accedido el 3-4-2006.

[5] Maurice Mandelbaum, History, Man, and Reason: A Study in Nineteenth-Century Thought (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1971).

[6] Ludwig Büchner, Die Macht der Vererbung und ihr Einfluss auf den moralischen und geistigen Fortschritt der Menschheit (Leipzig: Ernst Günthers Verlag, 1882), 100.

[7] Véase Richard Weikart, From Darwin to Hitler: Evolutionary Ethics, Eugenics, and Racism in Germany (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2004); y mi próximo libro, Hitler’s Ethic.

Fuente:

sábado, 10 de marzo de 2012

"No creo en un Dios porque hay tanto mal y sufrimiento en el mundo."

Introducción

Revisamos, una vez más y con un análisis un tanto diferente, el popular argumento ateísta de la existencia del mal. Esta vez en manos del Dr. John Gay procedente de la prestigiosa cátedra de teología de la universidad de Oxford. 


"No creo en un Dios porque hay tanto mal y sufrimiento en el mundo." Este es un argumento que oímos frecuentemente. Se cree que la existencia del mal y del sufrimiento refuta la posibilidad de la existencia de Dios. ¿Hay una forma más sucinta de enunciar el argumento? Considere el argumento anti-teísta basado en el problema del mal reformulado:

"No debe existir un Ser perfecto porque nuestro mundo es imperfecto"

Tres Elementos Intrínsecos al Argumento

Al examinar el argumento, notamos algunas cosas que son verdaderas de la persona que lo presenta.

(1) La primera tiene algo que ver con el deseo. Es intrínseco a este argumento, para la persona que lo ofrece, el deseo de un mundo perfecto. Está [implícito] el deseo legítimo de parte del argumentador de un mundo libre de autos que explotan, de disparos a mansalva, terrorismo, plagas, injusticia, robos, hambre, racismo, defectos de nacimiento, desastres naturales y cosas parecidas.

(2) El segundo elemento intrínseco al argumento es éste: La persona que lo da puede imaginarse un mundo perfecto. Para el argumentador, hay un mundo imaginado que difiere de nuestro mundo real (el mundo "imperfecto" que genera la discusión). Este mundo imaginado es un mundo "perfecto" porque debe estar, por implicación del argumento, libre de todo lo que hace que este mundo sea imperfecto. Cualquier cantidad de mal y sufrimiento (aun una cantidad pequeña) podría ser usada para argumentar en contra de un Dios perfecto que es un Gobernante perfecto del universo.

En consecuencia, el argumentador debe tener alguna idea de cómo sería un mundo perfecto. ("La razón por la que sé que hay un mundo imperfecto es que puedo imaginarme un mundo perfecto.") Si él/ella no la tuviera, entonces no sería usado como argumento un mundo imperfecto. Es el concepto mental de un mundo perfecto (yuxtapuesto al mundo imperfecto en el cual vivimos) que alimenta este argumento. "Puedo imaginarme un mundo perfecto. Este no es un mundo perfecto. Por lo tanto, un Ser perfecto no existe. Porque si tal Ser realmente existiera, éste sería un mundo perfecto."

(3) Debemos darnos cuenta que el argumento (mencionado al principio) muestra que la persona (el argumentador) realmente desea y puede imaginarse un mundo perfecto. Eso no es todo, porque el argumento también muestra que, según el argumentador, es posible un mundo perfecto.

Si yo dijera, "Yo no creo en buenos directores porque todas las películas que veo son malas," demuestra obviamente que creo que las buenas películas son posibles. Si no creyera que las buenas películas son posibles, tendría que cambiar mi argumentación a, "No creo en buenos directores porque no son posibles las buenas películas." En relación al problema del mal, el argumento sería, entonces: "No creo en un Ser perfecto porque no es posible un mundo perfecto" - pero ése no es el argumento utilizado.

Si no fuera posible un mundo perfecto en la mente del argumentador, no sería presentado un mundo imperfecto como un argumento en contra de la existencia de Dios. El argumento gira alrededor de la existencia de nuestro mundo imperfecto, un contraste con un mundo más perfecto. Sería algo así como decir, "No creo en Dios porque no hay triángulos de cuatro lados." Si sólo fuera posible un mundo imperfecto, Dios estaría siendo hecho responsable de una imposibilidad. Se esperaría que lograra un mundo perfecto, un mundo que no sería posible. Obviamente, según la implicación del argumento, el argumentador cree que es posible un mundo perfecto.

Al examinar el argumento en contra de la existencia de Dios debido a nuestro mundo imperfecto, descubrimos tres creencias significativas para los que presentan el argumento y que son intrínsecas al argumento mismo:
  1. Un mundo perfecto es deseable.
  2. Un mundo perfecto es imaginable.
  3. Un mundo perfecto es posible.

¿La Posibilidad de un Mundo Perfecto?

Debemos ponernos a pensar. ¿De dónde provienen este deseo, esta imaginación y esta creencia en la posibilidad? Podemos entender el deseo y la imaginación de un mundo perfecto. Lo que es más difícil de entender, sin embargo, es por qué pensaríamos que es posible. Por ejemplo, podría desear volar como un pájaro. Hasta podría imaginarlo en mi mente. Pero ¿podría pensar que sería posible? No. ¿Deseable? Sí. ¿Imaginable? Sí. ¿Posible? No.

No obstante, es ahí donde nos encontramos. Sea que las personas se den cuenta o no, cualquier argumento en contra de la existencia de Dios que use a nuestro mundo imperfecto como prueba sugiere que el argumentador piensa que un mundo perfecto es posible. Dios no sería cuestionado por una imposibilidad. En efecto, los argumentadores están diciendo, volviendo atrás al ejemplo anterior, "Un buen director [Dios] no debe existir porque no hay buenas películas [vivimos en un mundo imperfecto] - y porque creo en la posibilidad de buenas películas [la posibilidad de un mundo perfecto]."

La Gran Ironía

A menudo, las personas que usan el problema del mal como argumento anti-teísta son también personas que creen que Dios es simplemente un invento de la mente humana. (Dios como invento es el punto de vista de la psicología moderna y de gran parte de la filosofía.) Pero he aquí el truco: Sea que estas personas se den cuenta o no, están argumentando que es posible un mundo perfecto (está implícito en su argumentación, como se demuestra más arriba). Si un Ser perfecto es un invento de la mente humana, entonces ¿no lo sería también un mundo perfecto? Si es así, entonces el argumento anti-teísta queda destrozado, se ha vuelto inerme, porque una premisa necesaria de la discusión - que un mundo perfecto es posible - es simplemente un invento humano.

En un mundo puramente materialista, uno donde no se necesita de un Dios, uno en que todo es causado por el azar fortuito más el tiempo, ¿por qué pensaría alguien que un mundo perfecto es posible? Y, sin embargo, eso es lo que piensa la gente. Eso es lo que piensan los ateos que usan el problema del mal como un argumento anti-teísta. Como hemos visto, el argumento gira alrededor de la posibilidad de un mundo perfecto. Sin ese posible mundo perfecto, estamos pidiéndole a Dios que sea responsable por una imposibilidad. ("No creo en Dios porque no hay triángulos de cuatro lados.")

Pero ¿acaso no es un mundo perfecto una aseveración igual de grandiosa como un Ser perfecto? Podríamos dar un paso más: ¿Acaso no es la aseveración delateo (sea que se dé cuenta o no) que un mundo perfecto es posible todavíamás escandalosa que la aseveración del teísta de que un Ser perfecto es posible? ¿Por qué, si todo es azar fortuito más tiempo, creería alguien alguna vez que los volcanes, los huracanes y los otros desastres naturales, junto con los males causados por la humanidad, habrían de cesar alguna vez, ya que el universo es simplemente caótico? No obstante, el ateo que usa el problema del mal como un argumento anti-teísta está diciendo justamente eso: Un mundo no-caótico, no-malo es posible. Y, porque ese mundo es posible, el hecho que nuestro mundo no sea así ahora es prueba de que no hay Dios. En esencia, lo que se está diciendo es lo siguiente, "Yo no creo que los buenos directores de película existan, pero creo en la existencia de buenas películas." Esperaríamos encontrar que un mundo perfecto sea parte de un paradigma teísta, pero no de un paradigma no-teísta. Y, sin embargo, para aquellos que usan el argumento anti-teísta mencionado más arriba, lo es.

¿Traerá la Evolución un Mundo Perfecto?

Alguien podría argumentar que el mundo se está convirtiendo en una "buena película" sin la necesidad de un "buen director" - que el mundo se volverá un mundo perfecto por su cuenta. Pero si uno mira las estadísticas, uno notará que nuestro mundo actual se está volviendo más caótico, no menos. No se está dirigiendo hacia la perfección, sino más bien se está alejando. El universo está en un estado de descomposición, no de auto-reparación. Y entre la humanidad hay más guerras, más hambre, más crímenes - a pesar del crecimiento del conocimiento y de la tecnología.

La naturaleza ha demostrado ser mucho más poderosa que la humanidad. Cuando ocurren los desastres naturales, nuestra tecnología no los puede impedir. Estamos teniendo más éxito en registrarlos y en predecirlos, pero no en inhibirlos. ¿Alguna vez tendremos suficiente conocimiento y tecnología como para detener un tifón? ¿Podrá la humanidad alguna vez controlar los vientos? ¿Y qué de la naturaleza humana? A pesar de la tecnología y el conocimiento crecientes, la humanidad sigue siendo tan malvada como siempre. Somos tan codiciosos y egoístas como siempre. La tecnología simplemente nos da más herramientas para serlo. No nos impide ser así. En cambio, nos da una capacidad mayor para ser destructivos.

Es una esperanza ciega creer que evolucionaremos hacia un mundo perfecto. Para lograrlo, nuestro mundo tendría que lograr un dominio total sobre los desastres naturales y una erradicación total de todos los males de la naturaleza humana. Requiere fe creer en un Ser perfecto, pero ¿no requiere la misma cantidad de fe, o más, creer en un mundo perfecto generado humanamente, o en un mundo perfecto que nace del azar fortuito más tiempo?

La humanidad parece tener más que una conciencia de Dios. También tenemos una conciencia de un mundo perfecto. El uso generalizado del argumento anti-teísta para el problema del mal lo confirma. En general, la humanidad desea, puede imaginar y cree en la posibilidad de un mundo perfecto. Si la evolución y la humanidad no pueden conducirnos a ese mundo perfecto, nos quedamos sin llegar ahí, o llegamos mediante el poder de un Ser perfecto.

Creencias del Corazón vs. Creencias de la Mente

¿Es posible que el ateísmo, el agnosticismo y aun el panteísmo no comiencen con la filosofía humana? ¿Sino más bien con la elección humana? En otras palabras, nuestras creencias acerca de Dios comienzan en nuestra voluntad, no en nuestro intelecto.

Cuando Pablo (en su carta a los Romanos) hablaba del evangelio cristiano, decía que debía ser creído en el corazón. Es interesante que omitió mencionar la mente en relación con el evangelio. En el pensamiento bíblico, el corazón es el asiento no sólo de las emociones sino de la voluntad. ¿Podría haber querido decir Pablo que creer en nuestros "corazones" es de alguna forma diferente de creer en nuestras mentes?

Es posible que todos los humanos nazcan como teístas. Llegamos al mundo creyendo naturalmente en la existencia de Dios. Para muchos, sin embargo, eso cambia cuando crecemos. ¿Por qué ese cambio?

Cuando somos niños, tenemos un sistema de creencias algo desprejuiciado. Al crecer, esas creencias cambian mediante el prejuicio. Lo que comenzó (cuando éramos jóvenes) como una creencia natural en nuestras mentes "pasa" por nuestros corazones y vuelve de nuevo a nuestras mentes. Es en nuestros corazones (el asiento de la voluntad) donde podemos escoger creer en algo o no. Aun si hemos creído en Dios en nuestras mentes y corazones cuando éramos niños, mediante nuestra propia elección podemos decidir descreer en Dios más adelante. Esta creencia de corazón entonces afecta nuestro intelecto y se vuelve una creencia intelectual. Este ciclo de descreimiento - que comienza en el corazón y que luego se dirige hacia la mente - creo que se encuentra en gran medida en relación a la existencia de Dios. Las personas escogen no creer en Dios. En otras palabras, el rechazo de Dios es inicialmente volitivo y luego se vuelve intelectual.

¿Por Qué las Personas Escogen No Creer en Dios?

Hay numerosas razones intelectuales para no creer en una versión teísta de Dios: el naturalismo, el panteísmo, el deísmo, el problema del mal y otros. Estas, diría yo, sin embargo, son razones secundarias. Debido a que nuestras creencias acerca de Dios (como adultos) comienzan en nuestros corazones y luego influyen en nuestras mentes, las razones mencionadas anteriormente para no creer son secundarias ya que vienen después de otra creencia. La creencia primera es una que nace en el corazón. Es una elección de no creer.

¿Cuál es la principal razón para esta falta de fe? Yo creo que la respuesta es la deidad humana. Queremos ser Dios/dioses. Reconocer al Dios, sin embargo, significa una usurpación de nuestra propia "deidad." Subconscientemente, lo sabemos. Subconscientemente, entendemos que una relación con el Dios verdadero resultará en sujeción, y no queremos ser súbditos, sólo queremos ser reyes. Así que, en vez de tener una relación con el verdadero Rey y convertirnos por lo tanto en súbditos, escogemos permanecer como reyes nosotros. Esta elección es, inicialmente, una traición a nuestras creencias intelectuales (comenzamos con la creencia en Dios); sin embargo, después que se ha hecho la elección de corazón, nuestras creencias intelectuales comienzan a cambiar. Asumimos nuevas creencias intelectuales para corroborar la elección de nuestros corazones de rechazar a Dios.

Aun la teología de obras (la idea de que podemos ganarnos la salvación por medio de las obras) es un intento de la deidad humana. En esencia, es aseverar que estamos al nivel de Dios. Nos merecemos el cielo porque somos lo suficientemente buenos para tenerlo. Dios no podría ni siquiera pensar en dejarnos fuera. Somos demasiado esenciales. Somos Sus pares. Somos Dios/dioses. Pertenecemos ahí. La reencarnación, también, es una forma de teología de obras. La creencia es que, dada la suficiente cantidad de vidas, lograremos con el tiempo la salvación. Con el tiempo, seremos lo suficientemente buenos como para el paraíso. Dios había dejado en claro, sin embargo, que podemos ser lo suficientemente buenos para Él sólo mediante Él (Cristo/la Cruz), no sin Él.

Paraíso, No Dios

Los seres humanos a menudo quieren un paraíso pero no a Dios. Trabajaremos por un lugar en Su cielo pero no queremos conocerlo a Él. Queremos el cielo, pero no queremos tener nada que ver con su principal Residente. ¿Por qué? Porque entonces nuestra propia "deidad" se vería usurpada. Cuando Dios dice, "Dejen de trata de ganarse el cielo y sólo acepten mi regalo de la salvación y lleguen a conocerme," nosotros contestamos (mediante una elección de nuestros corazones), "No quiero conocerte a Ti, pero sí quiero los beneficios de Tu hogar, así que voy a tratar de continuar tratando de ganarme Tu favor. De esa forma retendré mi propio carácter de rey y todavía seguiré recibiendo los placeres del paraíso." La historia de Adán y Eva lo confirma. Querían el paraíso pero no a Dios, y querían convertirse en Dios.

El problema del argumento anti-teísta del problema del mal es simplemente más de lo mismo. Aquellos que subconscientemente desean, pueden imaginarse y creen en la posibilidad de un mundo perfecto (el cielo) igual rechazarán a Aquél que lo ofrece y sin Quien no es posible. El problema del argumento anti-teísta del problema del mal muestra que una persona quiere el paraíso pero no a Dios. Y así, en un intento por "mantener el trono," las personas escogen descreer en Dios en sus corazones (la principal razón para la falta de fe) y reunir luego una munición mental para esta elección. Esta munición intelectual toma la forma de cualquier cantidad de razones (razones secundarias) para no creer en Dios (el argumento anti-teísta del problema del mal es sólo un ejemplo). Estas cortinas de humo son simplemente una justificación de una decisión previa de rechazar a Dios y, en consecuencia, "seguir siendo rey."

El Paraíso Encontrado

La ironía está en que el Dios de la Biblia ofrece compartir Su realeza con aquellos que se sujetan a Él. Al sujetarnos al Rey nos convertimos en co-gobernantes sobre el universo. Cuando lo rechazamos, sin embargo, si bien tal vez podamos seguir siendo reyes en cierto sentido, nuestro "universo" es muy pequeño.
Además, sólo aquellos que se sujetan al Rey obtienen el paraíso. Aquellos que quieren seguir siendo reyes, aunque puedan desear, imaginar y creer en la posibilidad de un mundo perfecto, no lo experimentarán. Dios ha dejado en claro (bíblicamente) que aquellos que lo rechacen no obtienen el paraíso - y no tendríamos que esperar que fuera distinto. ¿Por qué dejaría alguien que uno viva en Su hogar (para siempre) si Él supiera que uno lo odiaba secretamente? Él sabe que aunque uno pudiera pensar que quiera Su paraíso, no sería paraíso para uno. Todo en el paraíso le haría acordar de Él. Todo en el paraíso le recordaría de un Rey que está pugnando por su trono. En este caso no sería el cielo sino más bien una especie de infierno.

C. S. Lewis creía que al final sólo habría dos grupos en la humanidad: 1) aquellos que le dicen (o le hayan dicho) a Dios, "Tu voluntad sea hecha"; y 2) aquellos a quienes Dios les dice, "Tu voluntad sea hecha."
El evangelio de Cristo es la prueba decisiva de Dios para determinar en cuál bando caeremos. El mensaje de Cristo es que podemos ser reconciliados con Dios mediante Cristo, mediante su muerte sacrificial y mediante nuestra confianza en esa muerte sacrificial. El evangelio cristiano es altamente racional. Es una declaración que el Ser perfecto sólo es capaz de una relación perfecta. Logramos esa relación perfecta con Él mediante un apoderado, mediante la obra de otro (Cristo).

El problema surge, sin embargo, no por la base lógica de este mensaje de evangelio sino sobre el desenlace si uno cree en él. Los seres humanos saben implícitamente que la otra cara del perdón es la reconciliación con Dios; pero muchos de nosotros, tal vez la mayoría de nosotros, no queremos ser reconciliados con Dios. La reconciliación significa la usurpación de nuestro trono, así que ¿por qué tendríamos que estar interesados en el perdón de pecados? No queremos ser perdonados porque no queremos el resultado de ese perdón. No queremos paz con Dios principalmente porque no lo queremos a Dios. Por lo tanto, la cruz de Cristo pierde su significado. Tiene significado sólo para aquellos que ya han decidido renunciar a su propio carácter de reyes y a su "deidad," y que entonces son liberados para sujetarse ante Quien es el verdadero Dios y Rey.

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