miércoles, 3 de noviembre de 2010

La mala ciencia - Dr. Ricardo Bravo


«Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia» (Timoteo 6:20).

Con esta recomendación, el apóstol Pablo advertía al joven Timoteo de una ciencia o conocimiento falso (en contraposición a la verdad del Evangelio de Cristo), que algunos procuraban difundir al interior de la incipiente iglesia cristiana de entonces. Probablemente esta práctica de la «mala ciencia» en tiempos de Pablo, formó parte de los primeros asomos del movimiento denominado gnosticismo, que posteriormente se desarrollaría con fuerza en el siglo II de nuestra era.

Etimológicamente, ‘ciencia’ significa conocer, pero en la actualidad el concepto ciencia es mucho más amplio que mero conocimiento. Ello debido a que este concepto ha ido variando considerablemente a través de la historia, siendo hoy completamente distinto a lo que significaba en la antigüedad. ‘Ciencia’ se entendía entonces como sabiduría, erudición, habilidad, conocimiento. Hoy se entiende a la ciencia como aquella que procura un «conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y, por consiguiente, también falible» (Bunge 1979).

Por tanto, para que haya ciencia hoy día, ésta ha de basarse en un marco teórico, y debe utilizar un método. Los métodos se van modificando a lo largo de la historia de la ciencia y en el primer tercio del siglo XX, se establece el método científico denominado ‘hipotético deductivo’, que es el que utiliza principalmente la ciencia en la actualidad. Sin embargo, a pesar de este cambio radical experimentado por el concepto de ciencia en estos 2000 años, la recomendación de Pablo a Timoteo tiene una vigencia notable en nuestros días como se verá en las siguientes líneas.

¿Puede ser mala la ciencia?

La ciencia es vista en la actualidad como la panacea del siglo XXI, capaz de resolver prácticamente todo. Vivimos inmersos en un mundo estructurado por la ciencia y la tecnología, disfrutamos de sus beneficios, aunque también nos afectan algunos de sus efectos poco deseados, porque si bien la ciencia ha contribuido a la solución de múltiples problemas, también ha transformado nuestra forma de vida y nuestra sociedad, produciendo con ello nuevos problemas.

Pero la ciencia no es mala ni buena en sí misma. Es el uso que se hace de sus descubrimientos, de la manipulación de sus resultados, o el sesgo de la concepción filosófica de quienes la practican y divulgan lo que puede hacer la diferencia. Descubrimientos como la energía atómica, por ejemplo, pueden ser usados para el bienestar del ser humano en centrales atómicas que generen energía eléctrica o en instrumentos médicos para diagnosticar enfermedades. Pero también la misma técnica de liberar energía atómica puede ser usada para ocasionar daños horribles a la humanidad, como ha ocurrido con las armas atómicas.

Por otro lado, existen complejas investigaciones en ciencia cuyos resultados nunca pueden ser absolutos y dejan un alto grado de variabilidad no explicada, que permiten interpretar esos resultados a veces de forma muy distinta.

Es el caso, por ejemplo, de la desaparición de ciertos recursos pesqueros. Los resultados de ciertas investigaciones apuntan como responsable de la disminución de los recursos marinos a un exceso de pesca, mientras que otros culpan más bien a cambios ambientales que ocurren cada cierto tiempo. Estos resultados dispares son convenientemente utilizados, dependiendo del lado en que se esté. Los del área económica que se benefician con la pesca culparán a los cambios ambientales como los responsables de la desaparición de poblaciones de peces, los estudios de organismos independientes dirán que principalmente la desaparición de estos recursos pesqueros se debe a un exceso de pesca, en tanto que el sector político podrá tomar partido a uno u otro lado, dependiendo del momento que le toque, con la tranquilidad que en ambos casos estará respaldada su decisión con sendos estudios científicos.

Evidentemente que este tipo de manipulación de resultados científicos puede causar enormes daños a determinados recursos naturales que estén en juego, con consecuencias negativas a mediano y largo plazo. Pero donde el daño por manipulación o más bien por mal uso de métodos y canales de divulgación científica puede llegar a producir un perjuicio significativamente más trascendente, es a través de la incursión que está haciendo determinada área de la ciencia en el ámbito de la fe cristiana.

A pesar que la ciencia ha cambiado radicalmente su método de investigar desde los tiempos del apóstol Pablo, sus concepciones filosóficas siguen surtiendo los mismos efectos de entonces, y ya desde un tiempo cierta área de la ciencia divulgativa, pareciera empeñada en desacreditar determinados pasajes bíblicos fundamentales para la fe cristiana, al intentar «explicar científicamente» algunos hechos bíblicos que se sustentan en el poder del Señor y son, por tanto, sobrenaturales. Pero el tratamiento dado por esta mala práctica científica no acepta lo sobrenatural y lo lleva al plano meramente racional.

Influencia de la mala ciencia

En la actualidad, grandes producciones de televisión lucran abundantemente con el desasosiego intelectual, con el hambre de creer todo lo nuevo, eso sí, que esté coronado con una aura científica, aunque en muchas ocasiones son sólo elucubraciones filosóficas. En un documental de la BBC de Londres emitido por la televisión chilena abierta en junio de 2006, se muestra al apóstol Pablo en su conversión al cristianismo, como siendo una experiencia explicable por la ciencia a través de varias hipótesis. Una de ellas es que los epilépticos relatan experiencias religiosas cuando les ha sobrevenido algún ataque y esto le habría ocurrido a Pablo. Ello estaría respaldado – dicen – por el aguijón o enfermedad a la que se refiere Pablo en sus cartas. Otra hipótesis establece que la luz que le cegó, habría sido producto de un rayo electromagnético producido por actividad sísmica.

Lo que no explica ninguna de estas hipótesis emitidas por el documental, es el fenomenal cambio experimentado por Pablo en lo más íntimo de su ser, el cual le llevó a su conversión al cristianismo, y que luego de exhalar furia persiguiendo cristianos para matarlos, en unas pocas horas después de su experiencia sobrenatural con Jesucristo, estaba poniendo su cabeza para ser ungido como cristiano y también ser él un seguidor del Señor. Pero desde luego que no pocos se quedarán con la «información científica» divulgada.

Evangelios apócrifos validados por la mala ciencia

Otra falsedad presentada como documental científico en 2006 por otra importante cadena de televisión por cable, la National Geographic Society, especializada en divulgación de temas científicos, fue «El evangelio prohibido de Judas». En los siglos que sucedieron al surgimiento de los cuatro evangelios conocidos como canónicos, escritos por discípulos contemporáneos a Jesús, y, por tanto, testigos oculares de los hechos que éstos narran, empezaron a aparecer historias dentro de ciertos grupos, los cuales recogían en parte los hechos relatados en los escritos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, pero además le agregaban aspectos propios, recogidos ya no de primera fuente, sino de invenciones y modificaciones de los escritos originales. El libro «Los evangelios apócrifos» (Santos Otero 2004) señala que en la actualidad habría unos 27 evangelios apócrifos de los cuales se posee el texto completo, y existirían además una treintena de otros de los que sólo existen fragmentos.

Todos estos «evangelios» son muy posteriores y fueron por largo tiempo considerados alejados de la verdad bíblica, los cuales contenían versiones contradictorias e improcedentes acerca de Jesús y sus discípulos. Pero jamás estuvieron ocultos; muy por el contrario, copias de la mayoría de ellos siempre han estado en bibliotecas importantes y en ciertas librerías católicas. ¿Cuál es, entonces, la razón de llamarlo como el «Evangelio prohibido de Judas», cuando nunca fue reconocido como evangelio ni tampoco estuvo prohibido? El documental de este manuscrito presentado por la National Geographic, aseguraba que era un «documento auténtico, original», en un intento de darle peso científico a la investigación, pero no se detenía a explicar qué quería decir por ‘auténtico’ o por ‘original’.

El documento puede ser auténtico, en cuanto a su difusión en el siglo III o IV de nuestra era, y su versión original puede ser del año 180 d.C.; pero esto no es lo fundamental. Lo realmente importante es, por una parte, determinar si sus escritos revelan en forma fiel la historicidad de Jesús y sus hechos, y en segundo lugar, si esta información fue obtenida de primera fuente, escrita por testigos oculares de la época en que vivió Jesús. Esto último reflejaría una investigación seria. Lo extraño de este caso es que desde hace mucho se sabía de la falsedad de estos documentos; sin embargo, ahora al ser presentado como una producción de National Geographic, la historia de Judas descrita en el documento se hace equivalente a un documental sobre nuevas especies de mariposas gigantes descubiertas en Indonesia o a un nuevo avance de la genética para curar enfermedades degenerativas.

Por cierto que esta nueva presentación obtuvo frutos rápidos. A los pocos días de emitida esta serie sobre el «Evangelio prohibido de Judas», tuve la oportunidad de escuchar un programa chileno de televisión abierta tipo foro, donde se discuten temas relevantes por reconocidos panelistas a nivel nacional. La opinión de uno de ellos señalaba la importancia de este «hallazgo científico que ponía en duros aprietos a los escritos bíblicos, cuya veracidad quedaba por tanto en tela de juicio».

La tumba de Jesús vacía

Uno de los últimos embates realizado al cristianismo, cabalgando firmemente sobre el corcel de la ciencia (la mala ciencia), es el eventual hallazgo de la tumba de Jesús por un arqueólogo, donde se encontrarían sus osamentas, negando con ello su resurrección. Pretende avalar el descubrimiento con estudios de ADN de las osamentas, además del análisis de expertos en arqueología y documentos antiguos. La propuesta no resiste un análisis científico serio, por cuanto no habría material biológico con que comparar el ADN analizado, además de que las inscripciones con nombres en la tumba, en donde aparece el nombre de Jesús, entre otros, han sido consideradas falsas por expertos israelíes.

Sin embargo, el tema fue rápidamente convertido en documental y acogido por la cadena de televisión Discovery Channel, que presenta todo el proceso de la supuesta «investigación científica». Se da por descontado que, tanto los descubridores de la pretendida tumba con osamentas como los productores de documentales científicos para televisión por cable, no consideraron el gran cúmulo de evidencias concretas acerca de su resurrección que el propio Jesucristo se encargó de dejar a sus contemporáneos y toda una humanidad que nacería a posterior.

Evidencias de la resurrección

Los intentos por negar la resurrección de Cristo no son nuevos. La historia registra una gran cantidad de ellos, y el primero se remonta a los momentos iniciales de ocurrido este magno suceso que cambiaría la historia de la humanidad para siempre. Ocurrió cuando los líderes judíos una vez que se enteraron y convencieron del hecho prodigioso de la resurrección, sobornaron a los soldados pagándoles dinero y ofreciéndoles protección, con tal que contasen que los discípulos habían hurtado el cadáver de noche. Este dicho se divulgó posteriormente entre los judíos (Mat. 28:11-15). No obstante, son tan abrumadoras las evidencias concretas de la resurrección de Jesús que es imposible negarlas, si se es objetivo en la búsqueda sistemática, análisis y contraste de antecedentes.

Hubo un hombre que en forma honesta abordó una investigación sistemática sobre el tema, con el propósito de demostrar que todo esto era una especie de mito; sin embargo, se fue encontrando con tal cúmulo de evidencias acerca de la resurrección que terminó entregando su vida al Señor y hoy es un ferviente conferencista y predicador del Evangelio. Los resultados de su trabajo investigativo los publicó en un magnifico libro denominado «Evidencia que exige un veredicto» (Mc Dowell 1991).

El testimonio apostólico, recogido de primera mano (fuentes primarias) y por testigos oculares en los cuatro Evangelios, cumplen todos los requisitos de una fuente fiable de información. En ciencia «las últimas y más importantes fuentes son las fuentes primarias» que existen respecto a determinada información. Son «los informes originales de los trabajos originales» (Salkind 1998). Es exactamente lo que ocurrió con la información obtenida por los discípulos de Cristo y luego vertida en los Evangelios del Nuevo Testamento. En otro ámbito, como en el de Derecho procesal, el testigo ocular es una figura procesal de vital importancia. El testigo ocular es la persona que declara ante el tribunal sobre hechos que son relevantes para la resolución del asunto sometido a su decisión.

Dicha declaración recibe el nombre de ‘testimonio’. Es la persona que ha estado presente y ha visto un acontecimiento. Esta es la figura que corresponde a los discípulos de Cristo que narraron y escribieron los hechos acontecidos en su muerte y resurrección. Existen también los testigos no presenciales (aquellos que declaran sobre algo que han oído o le han contado), pero éstos no tienen la validez de los testigos oculares.

El Señor se cuidó de dar testimonio de su resurrección tanto a sus discípulos y seguidores con muchas pruebas indubitables, como también de dar testimonio público a centenares de seguidores más. Existen al menos 16 citas en el Nuevo Testamento en donde los apóstoles dan testimonio de su resurrección como testigos oculares (Lucas, Juan, Hechos, 1ª de Corintios 1ª de Juan). Los relatos bíblicos señalan que el Señor no sólo estuvo un par de días con sus once discípulos y demás seguidores luego de haber resucitado, o que les acompañó por una semana. Jesucristo resucitado se les estuvo apareciendo a sus discípulos durante 40 días, donde les hablaba acerca del reino de Dios (Hechos 1:1-3). Pero para que no se dijese luego que sólo sus discípulos le vieron, el apóstol Pablo enfatiza el testimonio público dado por Cristo en su incipiente iglesia: «Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen» (1ª de Corintios 15:6). Quinientos hermanos es una multitud de personas, las que al igual que los discípulos, fueron testigos oculares, muchos de ellos aún vivos cuando Pablo escribía la carta a los Corintios, por lo que era una valiosa información de primera fuente.

La incredulidad aliada de la mala ciencia

Cabe preguntarse por qué el Espíritu Santo, que inspiró la escritura del Nuevo Testamento, no permitió que quedasen registradas una cantidad mayor aún de pruebas y testimonios de su resurrección, cuando realmente hubo muchas más. El Evangelio escrito por Juan nos relata parte de este hecho: «Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre (Juan 20:30-31). Tal vez la respuesta se encuentre en la constante tendencia humana a la incredulidad, por más que se le presenten pruebas y señales. Cuarenta días con sus seguidores y dejándose ver por más de 500 personas eran pruebas más que suficientes. De ahí en adelante, tal vez el Señor esperaba un acto de fe de los que estuvieron con él y de los que vendríamos después, y por quienes quedaron escritos estos poderosos y fiables testimonios. Para los incrédulos crónicos, Cristo pudo haber pasado un año entero ofreciendo más señales, pero de seguro habrían seguido en el mismo estado.

La incredulidad, parte de la herencia recibida por la separación de nuestros primeros padres para con Dios, ha traspasado y sigue traspasando a la humanidad, y no sólo a ateos, agnósticos o inconversos, sino también a algunos que se encuentran dentro de la iglesia de Cristo. Los primeros registros de incredulidad ante el milagro de la resurrección de Cristo vinieron desde sus propios discípulos: «tendría que introducir mi dedo en su llaga» señaló el desconfiado Tomás.

Pero no sólo Tomás fue incrédulo, como generalmente suele presentarse, sino que todos los demás discípulos también lo fueron. Cuando las mujeres les dan testimonio de que Jesús se les había aparecido, no les creyeron y tildaron sus palabras de locura; «…y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles. Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían» (Lucas 24: 9-11).

El Señor sabía que este tipo de conductas habrían de proliferar entre las personas, potenciados por poderosas fuerzas invisibles. Por ello es que Jesucristo resucitado abordó de inmediato estos primeros atisbos de incredulidad en sus discípulos, presentándoles pruebas concretas de que él era el Cristo. Luego seguiría mostrando pruebas materiales de su corporeidad física (perfecta e incorruptible) ante un nuevo argumento que lo tildaba de espíritu; «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel (Lucas 24: 39-42)

Pero al Señor le interesaban sobremanera aquellos que mostraban fe en su resurrección sin tener mayores pruebas, y dijo que eran más bienaventurados porque, «sin ver», habían creído. Pero también existen aquellos como Tomás, que necesitan más pruebas para acceder al reino de Cristo, aunque con menor bienaventuranza. Por ello el Señor se preocupó de dejar pruebas indubitables de aspectos tales como su divinidad y de su gloriosa resurrección de los muertos.

Un aspecto muy importante como evidencia de la divinidad de Cristo – la ascensión – fue cuidadosamente cautelado por el Señor en sus momentos finales con sus discípulos. El ascenso al cielo por parte de Jesús resucitado no ocurrió entre cuatro paredes, en compañía de sólo uno o dos privilegiados, ni tampoco se produjo amparado por las sombras de la noche, como se dice de un determinado «profeta» de una religión no cristiana, el cual habría partido en un viaje nocturno. Muy por el contrario, el Señor subió a los cielos en presencia de todos sus discípulos, los cuales los había reunido para entregarles algunas instrucciones antes de su partida (Lucas 24:50-51).

Por tanto había muchos testigos a su alrededor, y la escena de la ascensión se produjo a la luz del día, pues el relato bíblico especifica que se quedaron mirando fijamente mientras él ascendía, y una nube le recibió y ocultó de sus ojos (Hechos 1:9-10). Indudablemente que esta visión tan clara de nubes y posterior desaparición tras las nubes no pudo ser de noche. Todo ello impide que se hagan interpretaciones erróneas y mal intencionadas acerca de su ascensión.

La mala ciencia, ayudada por la incredulidad, seguirá desviando del Camino de salvación a algunos, lo cual parece confirmar la pregunta del Señor respecto a si hallaría fe en la tierra en su segunda venida (Luc. 18:8). Parte de la incredulidad de los discípulos radicaba en que no habían comprendido del todo las Escrituras; por lo que fue necesario que el Señor les abriese el entendimiento (Luc. 24:45). Luego de esto, ellos pudieron entender los propósitos del Señor y el misterio de su voluntad escondido desde el principio de los tiempos (Ef. 3:9).

Bibliografía
Bunge, M. (1979). La ciencia. Su método y su filosofía. Buenos Aires: Siglo Veinte.
Mc Dowell Josh. 1991. Evidencia que exige un veredicto. Octava edición, Editorial Vida, Florida.
Reina Valera. 1960. Santa Biblia, revisión 1960. Editorial Caribe.
Salkind N. 1999. Métodos de Investigación. Prentice Hall.
Santos Otero A. 2004 Los evangelios apócrifos. Biblioteca de autores cristianos. Colección Estudios y Ensayos.



Nota acerca del autor:
Dr. Ricardo Bravo
Profesor de Estado en Biología y Ciencias, 1987, Universidad de Chile.
Magíster en Ciencias Biológicas con mención en Ecología y Sistemática, 1993,  Universidad Católica de Valparaíso, Chile.
Doctor en Ciencias Biológicas con mención en Ciencias del Mar, 1997, Universidad de Barcelona, España.
Especialización:
Reproducción de peces demersales, ecología del ictioplancton, cultivos de invertebrados marinos.



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